Confesión ardiente: Mi noche de sexo salvaje en un bus destartalado del Burkina

Vivo en Banfora, una ciudad pequeña al oeste de Burkina Faso, cerquita de la frontera con Costa de Marfil. Era junio del 2003, la guerra civil en Costa de Marfil había echado a miles a la carretera. Yo tenía que ir urgente a Ouagadougou, la capital. Noche cerrada, ningún bus normal disponible. Al final, subí a uno del gobierno burkinabé, para repatriar a sus nacionales. El bus estaba hecho mierda: vidrios rotos, viento frío y húmedo de la estación de lluvias colándose, sin luces en el techo.

Me acomodé al fondo, en la última banca, sola. Me estiré para dormir. Pero de repente, un hombre se despierta y me pide sitio. ‘Perdón, ¿puedo…?’ murmura. Me siento, el viento me azota con gotas de lluvia. Saco una manta de mi mochila, me cubro. Él parece exhausto, rapatriado de quién sabe dónde. Poco a poco, mi cabeza cae en su hombro. Huele a sudor, a tierra mojada, a aventura. Me deslizo más, mi mejilla roza sus muslos. Siento… algo. Duro. Su polla, tiesa como una barra, presionando contra mi cara a través del pantalón.

La chispa en la oscuridad del bus

Al principio, finjo dormir. Pero el calor sube. Mi coño palpita, húmedo ya. El bus traquetea en la oscuridad, nadie nos ve. Su respiración se acelera, jadeos cortos. Paso la mano, tímida, por su pierna. Él no se mueve. Subo, rozo la bragueta. ‘¿Estás… despierto?’, susurro. Silencio. Luego, su mano en mi nuca, suave. La tensión es insoportable. Mi boca se hace agua. Quiero chupársela. La razón grita ‘no, loca’, pero el deseo manda. Desabrocho, saco esa verga gruesa, venosa, oliendo a macho puro. La lamo, despacio. Gime bajito. ‘Joder… sí…’. La razón se va a la mierda.

Me la meto entera en la boca, succiono fuerte. Sus bolas peludas en mi mano, las masajeo. Él agarra mi pelo, folla mi garganta. ‘Qué puta boca, reina…’, gruñe. Trago saliva, babeo. El bus pasa un bache, me clavo más hondo. Sabe salado, varonil. Me corro solo de chupar, mi tanga empapada. Él tiembla, ‘Me vengo…’. Le lleno la boca de leche espesa, caliente. Me la trago toda, gimiendo. Mordiéndome el labio para no gritar.

Llegamos a Boromo, parada de media hora. Bajamos, luz de los puestos. Lo veo bien: guapo, delgado pero fuerte, ojos cansados pero vivos. No es un feo, Dios. Compartimos café y pollo. ‘Me llamo Mariam’, digo, mintiendo un poco, soy española pero aquí todos me llaman así. Él, Kassim. Charlamos poco, pero su culo prieto bajo el pantalón me pone cachonda otra vez. Volvemos al bus. Oscuridad total. Me subo encima, pagne arriba, tanga a un lado. Mi coño chorreante se empala en su polla. ‘¡Ay, qué dura!’, jadeo. Cabalgo lento, redondo. Sus manos en mis tetas, duras como mangos. El bus nos mece, follo sin prisa. Para cuando siento que explota, me bajo, lo ordeño con la mano. Chorros en mi vientre.

El clímax brutal y el recuerdo eterno

Entramos en Ouaga al amanecer. Desayuno juntos. Le cuento mi miedo, soy expatriada pero sola. Me da su número, plata, contactos. Nos separamos con un beso. Pero al día siguiente, me llama. Va a un comité de repatriados, lo mandan lejos. Tiembla, ‘Ayúdame, por favor’. Lo llevo a casa de mi primo, que me aloja. Escándalo familiar, pero qué más da.

Una semana de sexo non-stop. Día y noche, me folla como un animal. Me hace probar hierbas que me ponen loca de lujuria. La última noche… ‘Quiero que me rompas el culo’, dice. En cuatro, mete su dedo en mi ano, vaselina. ‘Despacio…’. Empujo atrás, su verga gruesa fuerza el anillo apretado. Duele rico, quema. ‘¡Fóllame el culo, joder!’. Entra todo, me parte. Bombeamos salvaje, sudor, olor a sexo. Grita, se corre dentro, leche caliente llenándome las tripas. Yo exploto, coño vacío pero anus ardiendo.

Dos veces más esa noche, con mamadas de por medio. Cansancio feliz, cuerpos pegajosos. Al día siguiente, vuelvo a Banfora. Años después, en Ouaga por negocios, en el banco: una mujer elegante me abraza. Es él, ahora directora. Sonreímos, el recuerdo quema aún.

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