Ay, chicas, no sé por dónde empezar. Soy Silvia, esa profe de idiomas que parece tan formal, pero que vive el sexo a tope, sin tabúes. Todo pasó en ese baile loco del sábado, con la orquesta sonando fuerte y el aire cargado de sudor y deseo. Mi novio Pablo estaba planeando nuestra boda civil para finales de octubre, todo listo: testigos, notario, viaje a Túnez… Pero ahí estaba Roger, el rubio alto, profe de mates en mi insti, con su sonrisa de lobo. Me abordó cuando la banda paró, en su alemán torpe, invitándome a su mesa con Juliette, Mario, Emilie y el resto de la pandilla cachonda.
Bailamos, uf, cómo bailamos. Sus manos en mi cintura, bajando un poco, rozando mi culo. Sentía su polla dura contra mi vientre, palpitando con cada giro. ‘Sylvia, estás ardiendo’, me susurró al oído, su aliento caliente oliendo a cerveza y tabaco. Yo reía, nerviosa, pero mi coño ya chorreaba. Pablo me miraba, celoso, pero teníamos nuestra regla: un baile por tío, alternando. Roger me apretaba más, su pecho duro contra mis tetas, y yo… dios, mi respiración se cortaba. Juliette me guiñaba el ojo, coqueta, frotándose contra Pablo para provocarme. La tensión subía, insoportable. Mi clítoris latía, mis bragas empapadas. ‘No puedo más’, pensé. Cuando la orquesta pausó otra vez, Roger me arrastró al baño del fondo, oscuro, oliendo a pis y sexo viejo.
La chispa que encendió el fuego
‘Roger, para, Pablo…’, balbuceé, pero él ya me besaba el cuello, mordiendo suave. Sus manos subieron mi falda, rasgando las bragas. ‘Cállate, puta caliente, sé que lo quieres’, gruñó, metiendo dos dedos en mi coño empapado. Gemí fuerte, arqueándome. Su polla saltó libre, enorme, venosa, goteando precum. Me giró contra la pared, fría en mis tetas desnudas. ‘Fóllame ya’, supliqué, la razón hecha mierda. Me embistió de un golpe, su verga gruesa partiéndome en dos. ‘¡Joder, qué prieta estás!’, jadeó, clavándome hasta el fondo. Cada estocada era brutal, mis paredes chorreando jugos, chapoteando. Le arañé la espalda, oliendo su sudor salado mezclado con mi olor a hembra en celo. Me follaba como un animal, pellizcando mis pezones duros, chupándolos hasta dejarlos rojos. ‘Más fuerte, cabrón, rómpeme el coño’, gritaba bajito, mordiéndome el labio. Él aceleró, sus huevos golpeando mi culo, mi clítoris frotándose en su pubis. Eyaculé primero, un orgasmo demoledor, squirteando en sus muslos. Él rugió, llenándome de leche caliente, chorros y chorros, desbordando por mis piernas.
Salimos jadeantes, yo con las bragas rotas en el bolsillo, su semen goteando aún. Volví con Pablo, fingiendo normalidad, pero mi coño palpitaba, marcado por Roger. Esa noche, en casa, Pablo me folló suave, pero yo revivía el polvo salvaje, corriéndome pensando en la polla de Roger. Ahora, con la boda cerca, ese recuerdo quema: la piel ardiente, el hedor a sexo crudo, el placer prohibido. Fue pura locura, chicas, deseo total. ¿Repetiría? Ay, sí, sin dudar.