Ay, chicas, no sabéis lo que viví en esa playa gris del Amazonas. Yo, Cassandra, española de pura cepa, médico humanitario buscando a mi hermana gemela perdida en la selva. Convencí a Diego, mi guía brasileño, con un poco de… persuasión caliente, para que me llevara río arriba. Su barca potente nos dejó en esa playita perdida, con una cabaña destartalada y vegetación espesa por todos lados. Parecía un paraíso romántico, aunque él decía que era aluvión, no arena dorada.
Cenamos junto al fuego, frutas frescas que él recogió. Yo llevaba mi crop top blanco ajustado, pechos casi saltando, y un shorty que marcaba cada curva de mi coño. Esperaba que me saltara encima, pero el cabrón estaba callado, preocupado. La noche caía, y mi deseo ardía. Le vi mirar de reojo mis tetas duras, mi monte de Venus hinchado bajo la tela. Me impacientaba, presionando las manos entre mis muslos. La sopa hervía ahí abajo.
La chispa que encendió el fuego
Al fin, tosió y habló. ‘Cassandra, antes de nada… no soy un simple pescador. Soy profe en la uni de Belém, derecho e historia. Los Pilvajõ no son tan salvajes como dije, pero sus costumbres… son muy sexuales. Para info de tu hermana, tendrás que follar con ellos.’ Me reí. ‘¡Ni miedo! Salgo de sequía sexual, estoy hambrienta.’ Le miré, mordiéndome el labio. ‘Y ahora, ¿no vienes a remover mi olla con tu cuchara de madera?’ Él sonrió: ‘De hierro, de titanio.’ Se acercó, me tumbó, levantó mi top y chupó mis pezones erectos. Su mano bajó directo a mi shorty, rozó mi clítoris hinchado. Me quité todo, jadeando. Él se desnudó, polla tiesa palpitando.
Pero yo quería más. Le agité la verga dura, pero él se puso en 69 encima. Su lengua ancha lamió mis labios gordos, mi coño empapado de miel. Olía a sexo puro, salado, caliente. Evitaba mi clito tieso como una polla pequeña, chupaba mi entrada entreabierta, follándome con la lengua lenta. Yo mamaba su glande, pero… uf, me distraía. Mi respiración se cortaba, el calor de su aliento en mi chochito. ‘Joder, Diego, eres un puto genio.’ Fruncí el culo, pensando en su truco. Al fin, lamió mi botón… ¡zas! Un terremoto. Grité, mi pelvis se levantó, orgasmos me barrieron como olas. Reía, lloraba, mi cuerpo temblaba, jugos chorreando.
El éxtasis sin frenos y el aftermath ardiente
No contenta, le empujé, me puse en pino puente. ‘¡Ven!’ Él dudó: ‘¿Segura?’ Su polla rozó mi raja abierta, clítoris a punto. Crucé piernas tras su cuello, él me sujetó. Folló mi entrada, pero dolía el ángulo. ‘¡Brouette thai!’ Cambiamos, yo en brazos, culo al aire. Entró suave al principio: ‘¡Despacio, guapo!’ Pero no oyó. Me taladró el coño, embistiendo fuerte. Su verga lustrosa ramoneaba mi útero, lustraba mis paredes. Subía al cielo, brazos flojos… caí en la arena. Él no paró: separó nalgas, ¡y metió en mi culo! ‘¡Ahhh!’ Dolor placer, me abrió el ojete, lo convirtió en pozo. Sentí sus espasmos, gritó, y yo exploté de nuevo, riendo entre lágrimas.
Agotados, él aún dentro, polla blanda en mi trasero dilatado. Sudor pegajoso, olor a semen y coño. Suspiré feliz, cuerpo lacio. Pero entonces… ¡gritos! ‘¡Simbayoro! ¡Arrakayu!’ Sombras tras el fuego, caras indígenas en la penumbra. ¿Amigos o enemigos? Mi corazón latió fuerte, pero con Diego pegado a mí, el recuerdo de esa follada brutal me quemaba aún. Qué noche, chicas. Deseo total, sin frenos.