Confesión ardiente: Mi polvo salvaje con el encargado en la magnanera

Dios, aún siento el calor en la piel. Soy Carmen, dueña de esta finca en las montañas, criando gusanos de seda como mis ancestros. Mi marido, un tipo fuerte pero herido en la guerra, ya no puede… ya sabes, cumplir. Yo visito la magnanera cada día, viendo a Odilon, mi nuevo encargado. Joven, musculoso, con esos brazos que cargan sacos sin esfuerzo. Al principio, charlas inocentes sobre los magnans, las hojas de morera. Pero sus ojos… me miraban el culo cuando me agachaba. Yo notaba su bulto en los pantalones.

Una noche, después de cena, mi marido lee la Biblia. Ese pasaje de Onán, el que eyacula en la tierra en vez de follar a la mujer del hermano. Me mira fijo. ‘Carmen, la semilla debe fructificar’, dice con voz ronca. Odilon está ahí, callado, pero su mirada quema. Esa noche no duermo. Pienso en su polla dura, en cómo olía a sudor limpio cuando pasé cerca. Al día siguiente, voy a la magnanera al atardecer. El aire huele a tierra húmeda y seda cruda. Los magnans crujen comiendo. Él está solo, avivando el fuego. ‘Odilon… necesito… hablar de los huevos’, miento. Mi corazón late fuerte, coño ya mojado. Él se acerca, su aliento caliente en mi cuello. ‘Señora, sé lo que quiere’. Nuestras manos tiemblan, se tocan. La razón se va a la mierda. Lo empujo contra la pared de madera, labios chocando. Lenguas enredadas, saliva dulce. Sus manos en mi culo, apretando fuerte. ‘Fóllame, joder’, gimo. No hay vuelta atrás.

La chispa que prendió el fuego

En la penumbra del fuego, apago la vela. Oscuridad total, solo el crepitar. Choco contra él, cuerpos pegados. Sudor ya brota. Le arranco la camisa, pelo del pecho raspando mis tetas. Él sube mi falda, quita la camisola de un tirón. Mis pechos libres, pezones duros como piedras. ‘Qué tetas tan ricas’, gruñe, chupándolos. Mordisquea, succiona, leche casi sale de lo hinchados. Yo bajo la mano, palpo su polla tiesa, gruesa como mi muñeca. ‘¡Coño, qué verga enorme!’, jadeo. La saco, venosa, cabeza morada goteando precum. Me arrodillo, la meto en boca. Saborea salada, vena palpitando. Chupo profundo, garganta abierta, él gime ‘¡Sí, puta, trágatela!’. Pero no le dejo acabar. Lo empujo a la cama de freno, hojas crujiendo. Abro piernas, coño peludo chorreando. ‘Lámeme, cabrón’. Él entierra la cara, nariz en mi mata rubia. Lengua en el clítoris, hinchado y sensible. Dedos dentro, curvados tocando el punto G. Grito, ‘¡Más, joder, hazme correr!’. Olas de placer, chorro moja su barba. Ahora él encima, polla en mi entrada. Empuja lento, estira mis paredes. ‘¡Qué coño apretado, señora!’. Entra todo, 20 cm enterrados. Follando salvaje, embestidas profundas. Piel contra piel, slap slap. Sudor mezclado, olor a sexo puro. Cambio posición, yo encima, cabalgando. Tetas botando, clavo uñas en su pecho. ‘¡Dame leche, lléname!’. Él aprieta mi culo, sube caderas. Grito orgasmo, coño contrayéndose ordeñando su verga. Él ruge, ‘¡Me corro!’. Chorros calientes inundan mi útero, semen espeso goteando fuera.

Caemos exhaustos, jadeando. Cuerpos pegajosos, semen chorreando por mis muslos, mezclada con mis jugos. Huele a nosotros, intenso, animal. Él me besa cuello, ‘Ha sido… increíble’. Yo río bajito, piernas temblando. ‘Volveremos, amor. Por el heredero… y por esto’. Me visto despacio, coño dolorido pero feliz. Camino de vuelta, aire frío en piel caliente. Esa noche, con mi marido, le cuento todo susurrando, mano en su polla floja. Él suspira contento. Ahora, cada visita a la magnanera es fuego. El vientre crece, pero el deseo no para. Odilon es mío, en secreto. Quemándome viva.

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