El frescor me golpea al abrir la puerta. Toda la semana ha sido un horno, pero cerré todo antes de salir. Hoy entierro a mi marido, vestida de negro como manda la tradición en este pueblo perdido. Traje sastre negro, blusa blanca… y debajo, su lencería. La de la puta con la que se murió. Sujetador push-up que me sube las tetas, tanga que me parte el culo. Sudé como una perra en el funeral, con la blusa transparente dejando ver el encaje negro. Pero valió la pena. Venganza mía, cabrón.
Me dejo caer en el sillón, quito la chaqueta. Cojo su whisky. ‘Por tu salud, Pablo’. Dos tragos fuertes. Las lágrimas vienen, la nostalgia… me duermo. Sueño con sus putas, tetas blancas, coños peludos. Despierto con la concha ardiendo. Meto la mano bajo la falda, paso la tanga, toco mi raja húmeda, el clítoris hinchado. ‘Mmm…’
La chispa que enciende el fuego
¡Hum! Salto. Un tío grande delante, con la urna en la mano. ‘Perdón’. Me levanto, arreglo la falda. Es el jefe de los sepultureros, alto, serio. ‘Ponga eso en la mesa’. Se sienta, le sirvo whisky. Hablamos. Sé que todos cotillean. ‘¿Y la zorra de mi marido?’ Sonríe. ‘Todos lo sabemos, era la enfermera’. Cambio de tema, pero abro las piernas un poco. Sus ojos van directos.
‘¿Casado?’ ‘No, hace tiempo que no… follo’. ‘Yo igual, él me dejaba seca’. ‘Te vi tocándote, estaba bueno’. Calor en la habitación. ‘Si quieres, sigue… me gusta mirar’. No sé qué me pasa, tiro de la falda, me meto los dedos en la concha empapada. Gimo, él me mira con hambre. Desabrocho la blusa. Viene, me sienta en la mesa, mete la cara entre mis muslos. Su lengua lame mi coño, chupa el clítoris, mete un dedo… ¡Dios, qué bien! Huele a mi sexo, mi vello gris no le molesta. Tiro de mis pezones duros.
‘Fóllame ya’. Saca un condón, polla tiesa, gorda. Me besa, sabe a mi coño. La froto contra mi pubis, la meto. Entra suave, me llena. Empuja lento… ‘Más fuerte, métemela toda’. Acelera, me folla como un animal. Me corro, tiemblo. Otra vez. Él saca, quita el condón, le pajeo. ¡Zas! Leche caliente en tetas y barriga, espesa, blanca.
El clímax salvaje y la doble entrega
Klaxon. ‘Mierda, John espera’. John, el negro de la ceremonia, el de la anécdota de Lyon que me contó antes, con su verga mítica. Idea loca. ‘Llámalo’. Abre la puerta, solo la cabeza: ‘¡John, ven!’. Entra, nos ve desnudos, sonríe. Me acerco, lo desnudo. Camisa fuera, torso musculoso, negro brillante. Chupo sus tetones grandes, tiembla. Bajo el pantalón: ¡joder, qué polla! Gorda, venosa, glande rosa oscuro. La chupo, sabe fuerte, a sudor. La mido, enorme. Mi primer amante ya está duro otra vez.
‘Al garaje’. La carro de Pablo, asientos quitados para sus folladas. Cobertura limpia. John se tumba atrás, se la chupo para ponerla tiesa. Condón puesto. Me monto, bajo despacio. Abre mi coño, llega hondo, toca sitios nuevos. ‘¡Me quemas, negra!’ Subo y bajo, follo fuerte. ‘Ven por detrás, métemela en el culo’. El otro lubrica mi ojete con saliva, dos dedos… entra suave. ¡Doble! Dos pollas me parten, palpitan. John me retuerce pezones, yo los suyos. Corro río abajo, orgasmos sin parar. Diez veces más placer.
Se corren: John dentro, el otro en mi espalda. Caemos exhaustos, sudados, olor a sexo. Silencio feliz. Pablo, desde arriba, ¿viste? Estamos en paz. Gracias por irte así, despertaste la puta en mí. Ahora, ¿me quedo aquí cazando machos o vuelvo a la ciudad a follar sin fin? La vida empieza ahora.