Confesión caliente: Mi polvo prohibido con la amiga de mi madre

Era julio de 1982, París ardía bajo el sol. Tenía 18 años, acababa de sacar el Bachillerato y vivía con mis padres en la región parisina. Yo, María, una española fogosa que se mudó de joven. Ese día, después de comprar discos en la Fnac, decidí bajar del metro antes y visitar a Clémence y Georges, amigos íntimos de mis padres. Clémence, 50 años pero parecía 45, con su pelo rojo fuego, ojos verdes y clase burguesa que me volvía loca desde la adolescencia.

La primera vez que fui, abrió la puerta con los ojos rojos, voz temblorosa. ‘Ay, María, no es buen momento, vuelve otro día’. Se notaba que había llorado. Me fui preocupada. Una semana después, a las 10 de la mañana, volví. Soné, tardó, pero abrió radiante, en bata de satén azul, piernas cruzadas mostrando muslos perfectos con medias negras y liguero. ‘Entra, Georges se fue a Hong Kong’. Nos sentamos en el salón, ella en el sofá, yo en el sillón de cuero.

La chispa que encendió el fuego

Hablamos. Le dije que la vi mal la otra vez. Sonrió: ‘Prométeme que no le dices a tu madre’. Me confesó todo: 30 años casada, fiel siempre, pero hace dos años sin sexo. Georges distante, frío, ausente. ‘Me siento vieja, invisible’. La miré, sus labios rojos, pechos subiendo bajo la bata. Mi coño se mojó. ‘Clémence, eres preciosa, sexy. Yo siempre te he deseado’. Se sonrojó. ‘No digas tonterías’. Pero acerqué mi mano a su pelo, la besé en la mejilla. Su piel caliente, olor a perfume y mujer.

‘Tú… ¿yo?’. Dudó, pero no se apartó. Mi mano bajó a su hombro, luego al pecho. El pezón se endureció bajo el satén. ‘María, no… soy amiga de tu madre’. Pero abrió la bata un poco. Sus tetas firmes, piel lechosa. Las acaricié, su respiración agitada. ‘¿Te gusta?’. ‘Sí… hace tanto que nadie me toca’. Bajé la mano por su muslo, medias suaves, hasta su coño peludo, sin bragas. Húmedo, caliente. ‘¡Dios, estás empapada!’. Gime: ‘Para… o no pares’. La razón se fue. Nos besamos, lenguas enredadas, saliva caliente.

El clímax brutal y el dulce aftermath

Me arrodillé, abrí sus piernas. Su coño rosado, hinchado, olor a sexo puro. Lamí su clítoris, chupé sus labios. ‘¡Ay, María, qué lengua!’. Metí dos dedos, follándola despacio. Ella jadeaba, ‘Más profundo, joder’. Se corrió gritando, jugos en mi boca. Luego, ella me quitó la falda, mi coño virgen de deseo. ‘Qué bonita, rapada’. Me comió como loca, dedos en mi culo. ‘¡Clítoris, chúpame fuerte!’. Explosé, temblando.

Nos movimos al sillón. Ella encima, tribbing, coños frotándose, clítoris contra clítoris. Sudor, gemidos. ‘¡Fóllame con tu coño, puta madura!’. ‘¡Sí, zorrita joven, rómpeme!’. Dedos en todas partes, pechos mordidos. Orgasme tras orgasme, tres veces en media hora. ‘¡Me vengo otra vez!’. Gritos, fluidos chorreando.

Agotadas, nos acurrucamos. Su piel pegajosa, aliento entrecortado. ‘Nunca follé así, mi amor’. ‘Tú eres mi fantasía hecha carne’. Fuimos amantes dos años, cientos de polvos locos. Ahora tengo 35, vida plena, pero Clémence, con 67, sigue en mi mente. Su coño, su boca… un recuerdo que me moja aún. Nuestro secreto eterno.

Leave a Comment