Ay, chicas, no sabéis lo que me pasó el otro día. Estaba en la brocante con mi hija, buscando un regalito para mí. De repente, veo a este tipo con barba, detrás de su camioneta. Mi corazón dio un vuelco. Era él, mi antiguo amor, después de diez años. Marcado por la vida, pero con esos ojos que me ponían la piel de gallina. Intenté disimular, pero mi coño ya empezaba a palpitar.
—Perdona, ¿cuánto valen los libros? —le dije, con la voz temblorosa. Mi hija se rió, la muy puñetera, y soltó que parecía que yo le gustaba mucho. Él se sonrojó, balbuceó algo de la barba y la sobriedad. Dios, esa mirada… Me acordé de sus manos en mi piel, de cómo me follaba hace años. Le di mi número en un libro, y zas, esa noche me mandó un mensaje: ‘Ven a las 22h’. No pude resistir.
La chispa que prendió el fuego
Llegó puntual. Puerta entreabierta, luces apagadas, velas guiándole. En el salón, un bar improvisado con jugo y un espejo con ‘sens dessus dessous’ escrito en labial. Bebió, me miró en el reflejo. La tensión era brutal. Pasó por la cocina, tocó mis juguetes… Sentí su calor desde lejos. En la terraza, me acerqué por detrás, le abracé la cintura. Mi pecho contra su espalda, mi aliento en su cuello. —Ven a la cama —susurré. Nos desnudamos despacio. Sus dedos en mi cicatriz vieja, los míos en su polla dura. La tensión sexual era insoportable, el aire cargado de deseo. Mi razón se fue a la mierda cuando sentí su verga rozando mi culo.
La follada salvaje sin control
No aguanté más. Le tiré al colchón, le subí encima. —Fóllame ya, joder —gemí. Su polla estaba tiesa como una barra, goteando pre-semen. Me abrí de piernas, mi coño chorreando, hinchado de ganas. La metí de un empujón, hasta el fondo. ¡Ay, qué grosor! Me llenaba entera, rozando mi punto G. Empecé a cabalgarle salvaje, tetas botando, sudor resbalando. Él me agarró las caderas, me clavaba los dedos. —Estás tan mojada… tan puta —gruñó. Le mordí el cuello, arañé su pecho. Cambiamos: él encima, embistiéndome como un animal. Plaf, plaf, sus huevos chocando mi culo. Mi clítoris palpitaba, me corrí gritando, contrayéndome alrededor de su verga. Pero no paró. Me puso a cuatro patas, me abrió el culo y lamió mi ano mientras me metía dos dedos en el coño. —Quiero tu semen dentro —jadeé. Me folló el coño a lo bestia, luego rozó mi ano con la punta. No entró, pero el roce me volvió loca. Se corrió a chorros, llenándome el útero de leche caliente. Gemí como una perra, olas de placer rompiéndome.
Después… uf, qué felicidad. Agotados, sudados, pegajosos de fluidos. Su polla aún en mí, suavizándose. Me besó la frente, yo le acaricié la barba. —Ha sido… increíble —murmuró. Nos quedamos abrazados, respiraciones calmándose. Olía a sexo, a sudor, a nosotros. Recordé cada embestida, el calor de su semen goteando de mi coño. Me dormí feliz, con su sabor en la boca. Al amanecer, le eché con cariño: —Vuelve pronto, mi amor. Quiero más noches así. Ahora sé que esto es real, nuestro deseo no se apagó.