Confesión ardiente: follada salvaje en el parking del súper

Ay, Dios… Aún me tiemblan las piernas al recordarlo. Era un martes de esos asfixiantes, con el sol pegando como un loco. Tenía que comprar croquetas para Dagobert, mi bulldog francés, porque el paquete estaba vacío y el pobre me miraba con esos ojos suplicantes. Louis, mi novio, ni se inmutaba, siempre gruñendo por todo. Entré al súper temprano, con mi falda corta que se subía sola y un top finito que dejaba ver… bueno, lo que deja ver.

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En el pasillo de las mascotas, me estiro como loca para alcanzar el último saco de Waouhwouf, allá arriba. ‘¡Mierda!’, murmuro, sudando. De repente, una voz grave: ‘¿Necesitas ayuda?’. Me giro y ahí está él, alto, con ojos que me recorren entera. Me llega al pecho, pero su sonrisa… uf. Me baja el saco, nos rozamos los dedos y siento un cosquilleo. ‘Gracias… soy Patricia’, digo, mordiéndome el labio. ‘Yo, Marcos. ¿Dagobert? El mío es Sigmund, un gato tragón’.

La chispa que enciende el fuego

Charlamos de cafés, robustas y arabicas, mientras voy cogiendo cosas. Se inclina por unas pastas y su brazo roza mi teta. Me pongo roja, pero no me aparto. En lessuivas, le paso una botella de lavanda: ‘Toca, es suave’. Él pasa los dedos por mi tripa desnuda, bajo el top. ‘Sí… muy suave’, dice, mirándome fijo. Siento mi coño humedecerse, el calor subiendo. En cervezas, le doy las 1789 que él me regala porque Louis las adora. ‘Eres un sol’, le digo, riendo. Pero por dentro, ardo. Sus ojos en mis pechos cuando me agacho, mi falda subiéndose hasta las nalgas. Sé que lo hace a posta, y me encanta.

Frutas, verduras… Courgettes, pepinos. Le miro pícara mientras peso un melón grande. Nuestros dedos se tocan en la leche, un escalofrío. En helados, mis pezones se marcan duros bajo la tela fina. La tensión es un nudo en el estómago, el aliento corto. Quiero arrancarle la ropa ahí mismo. En la caja, nos separamos, pero mi cuerpo grita.

Explosión de placer sin frenos

En el parking, bajo el fresco subterráneo, abro el maletero de mi Twingo. Lucho con la cerveza pesada. ‘Déjame’, dice él, apareciendo. Sus manos sobre las mías… ¡zas! Un chispazo. Nos miramos, bocas abiertas. No aguanto más. Lo empujo contra su 4×4 grande, le beso con furia. Lenguas enredadas, salvajes. ‘Ven… aquí’, jadea, abriendo la puerta trasera. Nos metemos, bajamos asientos. Manos everywhere. Le quito la camisa, él mi top. Chupa mis tetas, muerde pezones oscuros y duros. ‘¡Joder, qué ricas!’, gruñe. Yo bajo su pantalón, su polla salta tiesa, gorda, venosa. La cojo, la chupo profunda, lengua en el glande, bolas en la mano. Sabe a hombre, sudor y deseo.

Me tumba, abre mis piernas. Mi coño depilado, labios hinchados, mojado perdido. ‘Qué coñazo tan bonito’, murmura, oliendo mi olor a sexo. Me lame el clítoris, lengua dentro, chupando jugos. Gimo alto, ‘¡Sí, así, no pares!’. Cuerpo arqueado, uñas en su espalda. No resisto. ‘Fóllame ya’. Guía su polla a mi entrada, empuja lento. ‘¡Aaaah!’, suelto, estirándome. Entra hasta el fondo, bolas contra mi culo. Empieza a bombear, fuerte, rápido. Ventres chocan, sudor resbala. ‘¡Más, joder, rómpeme!’, grito. Él acelera, máquina. Mi coño aprieta su verga, orgasmos me sacuden. Él ruge, ‘¡Me corro!’, y me llena de leche caliente, chorros profundos.

Caemos exhaustos, pegados, sudorosos. Respiramos agitados, riendo bajito. ‘Ha sido… increíble’, susurro, besándole. Su semen chorrea de mi coño, cálido. Nos vestimos, cargamos compras. ‘Mañana mismo’, dice ella, guiñando. Semanas después, dejo a Louis el idiota. Ahora vivo con él, Sigmund y Dagobert. Ese polvo en el parking… cambió todo. Aún me mojo recordándolo.

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