Ay, chicas, no sabéis lo que me pasó ayer en el Camino de Santiago. Soy Émilie, pero llamadme Emi, una tía de 45 que vive el sexo sin frenos. Caminando con Cédric, ese peregrino que conocí al lado de un estanque, donde me pilló desnuda refrescándome los pechos. Desde entonces, compartimos todo: tienda, charlas, miradas que queman.
Llegamos a la posada de las Lechuzas en G…, exhaustos pero cachondos. Él reserva la habitación con cama king size, yo voy al mercado y vuelvo con aceite sensual y un juguetito violeta. Me ducho con él, pegándome a su espalda desnuda. Siento su polla dura rozándome el culo, el agua caliente cayendo, su piel ardiendo contra la mía. ‘¿Puedo lavarte?’, susurro, enjabonándole los hombros, bajando a sus nalgas firmes. Él tiembla, pero no me toca. La tensión es brutal, mi coño ya palpita, húmedo, oliendo a deseo.
La chispa que encendió el fuego
Salimos, me tumbo boca abajo en la cama, desnuda, piernas entreabiertas. ‘Masajéame, Cédric, porfa’. Él duda, pero empieza. Sus dedos rozan mis pies, suben lentos por las piernas. La piel se me eriza, el aire fresco en mi raja expuesta. Llega a mis muslos, frena antes de las nalgas. ‘No hay zonas prohibidas’, gimo, mordiéndome el labio. Sonríe, aceite tibio en mis gemelos, masajea fuerte, sube a las nalgas, amasándolas. Joder, mi clítoris late solo.
Me pongo de lado, él sigue: interior de muslos, rozando mis labios mayores hinchados. Estoy empapada, el olor a sexo llena la habitación. ‘Mis pies otra vez’, pido, abriendo más las piernas. Me mira el coño abierto, jugos chorreando. Se le nota la erección bajo la toalla. Yo meto la mano y me froto el clítoris despacio. ‘Ven, ayúdame… no aguanto más’.
El clímax sin control y el dulce agotamiento
La razón se va a la mierda. Me vuelvo, piernas en alto sobre sus caderas. Él echa aceite en mi vientre, sube a los pechos, pellizca pezones duros como piedras. Gimo fuerte, ‘¡Sí, así!’. Guía mi mano a mi teta, la suya baja a mi coño. Dedos en círculos alrededor de la entrada, roza el piercing de mi clítoris. ‘Tu coño está ardiendo’, murmura, metiendo dos dedos dentro, curvándolos contra mi punto G. El otro dedo masajea mis labios, el clítoris hinchado. Respiro entrecortada, ‘¡Más fuerte, joder! Fóllame con la mano’.
Me corro como una puta en celo. Grito, ‘¡Encore! ¡No pares!’, el cuerpo arqueado, contracciones brutales en el coño, chorros calientes salpicando su barriga. Él se corre sin tocarse, semen empapando la toalla. Mi orgasmo dura minutos, piernas temblando, olor a corrida y cyprine por todos lados. ‘¡Sí, cabrón!’, aullo, mientras mi coño palpita y chorrea más.
Después, puro éxtasis. Me dejo caer, exhausta, sudorosa, feliz. Él me limpia con una toalla tibia, suave en mi coño sensible. ‘¿Estás bien?’, pregunta, besándome el hombro. Río floja, ‘Me has destrozado… en el buen sentido. Ese orgasmo fue bestial, tu mano en mi coño, oliendo mi jugo…’. Duermo un rato pegada a él, recordando cada roce, el calor de su piel, mi corrida salpicando. Esta noche, tocaremos los otros sentidos. El Camino nunca fue tan caliente.