Ay, chicas, aún tiemblo al recordarlo. Soy Carmen, vivo en un pueblecito de la Costa del Sol, con ese calor que te derrite los huesos. Estaba sudando como una loca metiendo la ropa sucia en la lavadora, añadiendo detergente y poniéndola en marcha. A mis pies, el cesto con sábanas limpias pero aún húmedas. Me lavé la cara en el fregadero, mareada por el bochorno y el curro non-stop. Trabajo en la oficina de correos del puerto, y encima, casa, comida, limpieza… todo yo. Manolo, mi marido, ni caso. Pensé en un masajito cachondo, así que me quité las bragas, esas de algodón cómodas pero feas. Con mi vestidito corto floreado, escote generoso por el calor, bajé las caderas y entré en el salón.
No soy flaca ni gorda, voluptuosa, con curvas en pechos, caderas y culo que vuelven locos a los tíos. Ojos ardientes, labios carnosos. Me agaché fingiendo ordenar la mesita, poniéndole mis tetas en la cara. ‘Cariño, ¿me das un masaje como tú sabes?’. Él, ni miró: ‘No puedo, es la final de la Copa, Atlético contra Madrid, ¡la del año!’. Se ponía la camiseta del Atleti, metía cervezas en la nevera. Me apartó irritado de la tele. Miré nuestra foto de boda, hace quince años. Él era un galán de veinte, ahora barrigón, calvo con coleta ridícula.
La chispa que encendió el fuego
Cabreada, subí a la azotea con el cesto. Casas blancas, persianas azules, viento del norte refrescando. Puse el cesto junto al tendedero, miré el mar Mediterráneo. Me agaché por una funda de almohada. ‘Hum… hola, señora Carmen’. Me quedé tiesa. Didier, el francés Erasmus que alquilamos habitación. Estudia español e historia, paga bien. Seis meses aquí, discreto, con su rinconcito: mesa, hamaca, sombrilla, nevera. Me admiraba con mi falda subiéndose… sin bragas. Mi coño y culo al aire. Él, alto, delgado, mechón rebelde, gafas de intelectual, short corto con camiseta de Cervantes diciendo algo gracioso.
Fingí normalidad. ‘Hola Didier, ¿no hace mucho calor para estudiar?’. ‘Hay brisa, pero sube la temperatura. ¿Te ayudo con la ropa?’. ‘No molesto’. ‘¡Placer mío!’. Sus manos rozaron las mías al coger una sábana, miró mi escote. Piel erizada, la suya caliente como fiebre. Entonces, ‘¡Carmen, qué tal!’. Pepita, la cotilla del barrio. Si nos ve, revuelo. Empujé a Didier al suelo. ‘No te veas, o pensarán que follamos’. Él susurró: ‘Vale’. ‘Sí, Pepita, sola’. ‘Parecías hablar’. ‘Me quejaba de Manolo, pegado a la tele sin mover un dedo’. Charla de cotilleos: el pescadero cornudo, el cura borracho. Yo: ‘Nooo… ufff… síii… ¡imposible!’.
El clímax brutal y el éxtasis final
De rodillas tras el muro, mi falda arriba, coño a centímetros de su cara. Él dudó, luego rozó mi ingle. Dedo en mi clítoris. Salté: ‘¡Ah!’. Pepita: ‘¿Qué pasa?’. ‘Me duele la espalda… ugh, la pierna’. Él besó mi vientre, lengua en la cicatriz del apéndice. ‘Rrr…’. Mi coño se mojó, labios hinchados, jugos goteando. Él chupaba mi clítoris, lengua dentro. Piernas temblando, Pepita seguía: ‘Y el alcalde con su hija…’. Pensé: ‘¡Vete ya!’. Al fin: ‘Bueno, a cocinar’. Se fue.
Cayéndome, él me sujetó el culo. Le empujé el coño a la boca. Dedo en mi chocho, luego dos. ‘¡Dios, qué me haces!’. Exploté, chorro en su cara. Le quité la ropa, polla dura, no gigante pero joven. Me senté encima, frotándola en mi raja. Bajé: ‘¡Joder, qué rico!’. Cabalgué, tetas botando en su cara. Él mamaba pezones. Aceleramos, sudor, olores a sexo. Dedo en mi culo. Grité, coño apretando su polla. Él corrió dentro, caliente.
Cabeza en su pecho, corazón latiendo. Sonreí, su polla endureciendo. Me tumbó sobre la ropa húmeda, piernas abiertas. Me folló misionero, polla entrando profunda. ‘¡Fóllame fuerte!’. Tres orgasmos, gemidos ahogados. Tiempo: el partido seguía. Bajé, Manolo: ‘Tu equipo perdió, hay prórroga. ¿Masaje?’. ‘Cansada’. Subí sonriendo. Con Didier, prórroga y penaltis. Mi liga de campeones.