Ay, amiga, no sabes lo que me pasó el otro día. Serge acababa de volver de Asia, pero me dejó plantada en El Rincón de las Pucelas, esa tabernita cutre con el cartel medio roto. Me comí una ensalada niçoise de mala gana y olvidé mi sobre con sus cartas calientes, llenas de fantasías donde me follaba como una diosa. Al darme cuenta, volví corriendo. El sitio estaba a reventar. Y allí, en mi mesa, una tía vestida de negro de la cabeza a los pies, con cara de funeral, hojeando mis papeles. Furiosa, me acerqué. ‘¡Eso es mío!’, le espeté. Se sobresaltó, ojos enormes, tristes, llenos de lágrimas. ‘Lo siento, buscaba el dueño…’, balbuceó. De repente, rompió a llorar como una magdalena, agarrándome la mano con fuerza. Fría, como la muerte. Pero joder, qué guapa era. Piel pálida, labios rojos como sangre, pelo negro largo. Me sentó a la fuerza. Contó que venía del entierro de su amante. Se había derrumbado. Pidió perdón con la mirada. Yo… no sé, algo me atrapó. ‘Ven a mi casa, está cerca. Descansa’, le dije. En la calle, se colgaba de mi brazo, temblando. La arrastré hasta mi piso.
Le preparé un café fuerte con chartreuse verde, amargo y dulce, como ella pedía. Sus ojos me taladraban mientras movía las caderas preparando la bebida. ‘Gracias… eres como la hermana que nunca tuve. Me atraes tanto…’, susurró entre sollozos. Me acerqué, le acaricié el pelo. Olía a perfume caro mezclado con algo salvaje, oriental, que me mareó. Se me puso la piel de gallina. Le sequé las lágrimas. Sonrió, débil, preciosa. Nos miramos fijo. Sus pechos subían y bajaban rápido. Yo sentía mi coño humedeciéndose, palpitando. ‘Dios, qué calor…’, murmuré. Ella se mordió el labio, lasciva. Nuestras manos casi se tocan. El aire espeso, cargado de deseo. Mi clítoris hinchado roza la tela de la braguita. Ella jadea bajito. ‘No aguanto más…’, dice. La razón se va a la mierda. Me lanzo.
La chispa inicial y la tensión que nos consume
Sus labios contra los míos, urgentes, salados de lágrimas y chartreuse. Lenguas enredadas, chupando, mordiendo. ‘Fóllame con la boca’, gime. Le arranco la blusa negra, pechos firmes, pezones duros como piedras. Los muerdo, succiono fuerte. Ella arquea la espalda, ‘¡Sí, joder, así!’. Manos en mi falda, subiendo, dedos en mi coño empapado. ‘Estás chorreando, puta caliente’, ríe entre gemidos. Le bajo los pantalones, tanga negra calada. Su coño rasurado, hinchado, olor a sexo puro, almizclado. Meto dos dedos, resbaladizos, follando su interior viscoso. ‘¡Más profundo, coño!’, grita. Se gira, odalisca en el sofá. Le abro las piernas, lengua en su clítoris. Lamida lenta, luego rápida, chupando su jugo dulce-amargo. Tiembla, ‘Me corro… ¡ahhh!’. Chorros en mi boca, caliente, salado. Yo encima, coño en su cara. ‘Lámeme el culo también’, pido. Lengua experta, metida en mi ano, dedos en mi chocho. Orgasmos en cadena, cuerpos sudados pegados, pechos rozando, sudor salado. Nos frotamos coños, clítoris contra clítoris, resbalosas, gritando ‘¡Fóllame, zorra!’. Explosión final, piernas temblando, fluidos por todas partes.
Después, exhaustas, tiradas en el sofá. Sudor enfriándose en la piel, coños sensibles palpitando. Ella suspira, ‘Nunca sentí algo tan bestia…’. Yo, riendo flojo, ‘Fue perfecto, sin palabras’. Se vistió despacio, mirada cómplice. ‘No nos busquemos más, esto fue… eterno’. Beso suave en la puerta, se fue. Ahora, sola, toco mi coño aún hinchado, revivo el olor de su sexo, sus gemidos. Quemadura imborrable. ¿Volverá? No importa. Viví mi deseo al 100%. Tú, ¿qué harías?