Confesión Ardiente: El Sabor de Mi Coño en la Confitería

La campanilla de la puerta sonó suave, como un suspiro. Era sábado por la mañana en mi pequeña confitería, ‘El Dulce Secreto’. Sin luces chillonas, solo el olor a mermelada caliente y frutas maduras. Yo, Luisa, detrás del mostrador, con mi pañuelo rojo atado al pelo, falda ajustada y delantal que marca mis curvas de los 42. No hablo mucho. Observo. Notó en mi cuaderno grasiento las reacciones de la gente.

Entró él. Alto, mirada profunda como vino tinto. Pidió gelatina de membrillo con pimienta rosa. Rara. Se la llevé. La abrió, metió el dedo… y tembló. ‘¿Cómo la haces?’, murmuró. ‘Con lo que sobra de la dulzura’, dije encogiéndome de hombros. Volvió cada jueves. Cada vez más cerca. Sus ojos bajaban a mis tetas, a mis caderas.

La Chispa que Enciende el Fuego

Un día, septiembre, saqué la mermelada de ruibarbo picante con clavo. ‘Es fuerte. Pica después’. ‘Mejor’, dijo, rojo. La probó. Frío. Sus ojos se clavaron en mí. ‘Me recuerda un techo… uñas en la espalda’. Mi coño se mojó un poco. Anticipación. No pagó. Se fue. Yo sola esa noche, metí el dedo en el mismo tarro. Olor intenso. Cerré los ojos. Recuerdo de él, otro él, lamiéndome las tetas con confitura, bajando al coño, bocal cayendo, azúcar en las sábanas. Gemí bajito. Labio mordido.

Al día siguiente, catas a ciegas. Él volvió. ‘Algo más picante’. Le di cerezas maceradas en balsámico vainillado. Probó. Gimió. ‘Es… tú. Quiero meter los dedos ahí’. Silencio espeso. ‘Vete’, dije. ‘Si me voy, me pajearé con albaricoques secos. Peor’. Reí. Acerqué una cereza a mi lengua. ‘Si te quedas… algo mejor que fruta’.

Nuestras bocas chocaron. Cereza contra cereza, saliva dulce y agria. Calor subiendo. Tetones duros bajo la blusa. No más. La tensión era insoportable. Mi clítoris palpitaba. Su polla dura contra mi muslo. ‘Quédate’, susurré. Razón perdida.

Lo arrastré a la trastienda. Puerta cerrada. Lo besé feroz, lengua dentro, mordiendo labios. Manos en su camisa, rasgando botones. Él me levantó la falda, pañuelo al suelo. ‘Joder, estás empapada’, gruñó palpando mi tanga. La arranqué. Dedos en mi coño, resbaladizos. ‘Tan mojada… para mí’. Gemí alto, arqueándome.

El Polvo Salvaje y el Recuerdo que Quema

Lo empujé al taburete. Bajé sus pantalones. Polla gruesa, venosa, goteando precum. La chupé hambrienta. Lengua alrededor del glande, succionando bolas. ‘¡Dios, Luisa!’. Él jadeaba, manos en mi pelo. Me levantó, me sentó en la mesa entre tarros. Piernas abiertas. ‘Fóllame ya’. Entró de golpe. Duro. Profundo. Mi coño lo tragó entero. ‘¡Qué apretada!’. Embistidas brutales, mesa crujiendo. Sudor mezclado con olor a sexo y frutas.

Sus manos amasaban mis tetas, pellizcando pezones. Yo clavaba uñas en su espalda. ‘Más fuerte… rómpeme’. Cambiamos. Yo encima, cabalgando salvaje. Polla golpeando útero. Clítoris frotando su pubis. ‘Me corro… ¡joder!’. Él debajo, gruñendo. ‘Córrete en mi polla’. Orgasmos juntos. Mi coño contrayéndose, leche caliente llenándome. Chorros dentro, desbordando.

Caímos exhaustos al suelo, entre tarros rodando. Sudor frío ahora, respiraciones entrecortadas. Su cabeza en mi pecho, mi mano en su pelo húmedo. ‘Nunca… tan bueno’, murmuró. Sonreí, piernas temblando aún. Olor a semen y mermelada pegado a la piel. Feliz cansancio. Beso suave.

Al día siguiente, abrió de nuevo. Pero ya no vendía solo. Ofrecía pretextos. Él se quedó. Y en mi cuaderno, no nota. Solo: ‘Esteban. Nivel 10. Coño ardiendo. Recuerdo eterno’. Cada noche revivo ese polvo. El sabor salado en mi lengua, su polla palpitando dentro. Aún me mojo escribiéndolo.

Leave a Comment