Confesión: Lo até en el almacén y lo follé hasta perder el control

Gimo bajito. Mi cabeza golpea contra la pared fría del almacén. Huele a cerrado, a aceite rancio y café viejo. ¿Por qué siento el suelo de hormigón bajo mi culo? Intento moverme… joder, las manos atadas con bridas. Abro un ojo. Neón parpadeante, luz sucia. Un tío de espaldas, murmurando.

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—Hostia… ¿dónde coño estoy?

La chispa que enciende el fuego

Él se gira de golpe. Alto, fornido, sudadera negra con capucha. Pañuelo en la cara, pistola en la cintura. Mal rollo. Me incorporo como puedo.

—Vale, hagamos un repaso. Uno: ¿dónde estoy? Dos: ¿quién eres? Tres: ¿cómo la has cagado tanto como para secuestrar a la persona equivocada?

Silencio. Se baja el pañuelo. Cara cuadrada, barba de tres días, ojos en pánico.

—¿Es… es una broma? ¿Eres Victoria de la Roche?

Me río a carcajadas.

—No, guapo. Soy Lucía, treinta tacos, community manager en paro. Cuenta en números rojos. Vivo en un pis de mierda y mi único lujo es un tostador que quema una rebanada de cada dos.

Se queda blanco. Le señalo el parche en su sudadera: “Taller de Kevin”.

—Kevin, ¿eh? Mírate, secuestrador de pacotilla. Tu tío te metió en esto por deudas, ¿verdad? La familia y la pasta… siempre la misma mierda.

Él suspira, se pasa las manos por la cara.

—Joder, la he liado parda. No sirvo para esto.

Yo sonrío, juguetona. Él se acerca, pone las manos en los reposabrazos de la silla, su cara a centímetros. Huele a sudor y colonia barata. Su aliento caliente en mi piel.

—Cállate ya y déjame pensar.

Inclino la cabeza, mordiéndome el labio.

—¿Eso es lo mejor que tienes? ¿Intimidar como un dom del domingo?

Tiembla un poco. Le miro los ojos, veo el fuego. Le doy un rodillazo en las eggs. Grita, se dobla. En segundos, libero mis manos, agarro el celo y lo ato a él contra un pilar.

—Ahora sí que estamos cómodos, Kevin.

Él tira, jadeando.

—Lucía… suéltame, joder.

Me arrodillo frente a él, mi cara cerca de la suya. Mi aliento roza su cuello. Huele a hombre, a deseo reprimido.

El clímax brutal y el dulce agotamiento

—No. Quiero ver cuánto aguantas.

Mis dedos bajan por su pecho, bajo el sudor. Siento su polla dura contra los pantalones. La aprieto suave. Él gime.

—Para… Lucía…

—Dime que no te gusta. —Le muerdo el lóbulo, lamo su clavícula. Su piel quema, sudor salado en mi lengua. Su respiración entrecortada me enciende.

La tensión es insoportable. Su polla palpita bajo mi mano. Le bajo la cremallera, saco esa verga gruesa, venosa. La acaricio lento, el prepucio sube y baja. Pre-semen brilla en la punta.

—Joder, estás empalmado como una piedra.

Él cierra los ojos.

—Lucía… por favor…

La razón se va a la mierda. Le chupo la polla de un trago, garganta profunda. Sabe a sal, a macho desesperado. Él gruñe, caderas empujando. Le mamao fuerte, bolas en la mano, apretando.

Me levanto, me quito las bragas. Coño chorreando, clítoris hinchado. Me monto a horcajadas, guío su polla dentro. ¡Hostia, qué llena me deja! Empujo, follando duro. Paredes apretando su tronco.

—Fóllame, Kevin. Aunque estés atado.

Reboto, tetas saltando. Él lame mis pezones, duros como piedras. Sudor nos pega, olor a sexo crudo invade el aire. Acelero, coño tragándosela entera. Gimo alto.

—Tu coño… es una puta gloria…

Le araño el pecho, clavo uñas. Orgasmo me parte, chorro caliente moja sus huevos. Él ruge, polla hinchándose, me inunda de lefa espesa, chorros calientes golpeando mi útero.

Caemos exhaustos. Jadeos pesados, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos. Le desato, nos besamos lento, lenguas perezosas.

—Eres una diosa loca.

Sonrío, piernas temblando.

—Esto solo empieza, secuestrador.

Recuerdo su polla palpitando dentro, el olor a corrida y coño. Fatiga feliz, piel erizada. Quiero más.

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