Me llamo Lola, tengo 25 años y vivo en París desde hace dos. Soy de Madrid, pero aquí encontré mi sitio. Abierta al sexo como pocas, vivo mis deseos sin tabúes. Esta confesión es fresca, como si acabara de pasar anoche. Él se llama Ben, lo vi hace un año en la parada del bus. Gordo, sudado, invisible. Yo con mi walkman, jeans ajustados, botas y chaqueta blanca, sintiendo sus ojos en mi culo. Bombé. Perfecto. Pero nada más.
Un año después, en el súper donde trabajo en caja, aparece. ¡Madre mía! 30 kilos menos, delgado, metro setenta y tres de puro músculo tonificado. Ojos brillantes, sonrisa confiada. Pasa por mi caja con manzanas y ensaladas. Nuestras miradas chocan. ‘Hola’, dice con voz ronca. ‘Hola guapo’, respondo, mordiéndome el labio. Sus manos rozan las mías al pagar. Calor. Electricidad. Me mojo al instante.
La chispa que encendió el fuego
Empezamos a salir. Cine, música, deporte. Sus amigos me miran raro, pero me da igual. Una noche, después de su carrera en el estadio –me contó lo de la agresión, mordida en el cuello, pero sobrevivió–, llega a mi piso. Son las cinco de la mañana. Sudado, camiseta pegada al pecho. ‘No podía dormir sin ti’, murmura. Yo en bragas negras y camiseta blanca, pecho subiendo y bajando. Lo miro. Su olor a hombre, a sudor fresco. Mi coño palpita.
Lo atraigo por la nuque. Nuestros labios chocan. Lenguas. Calientes, húmedas. ‘Te deseo tanto’, gimo. Él levanta mi camiseta. Mis tetas pequeñas, pezones duros como piedras. Los chupa. Suave al principio, luego fuerte. ‘Mmm, sí…’. Mi piel arde. Bajo la mano a su pantalón de deporte. Polla tiesa, enorme. ‘Joder, qué grande’. La saco. Venosa, palpitante. La aprieto. Él jadea, aliento corto contra mi cuello.
No aguanto más. La razón se va a la mierda. ‘Fóllame ya’, le suplico. Tensión insoportable. Sudor perlando su frente, mi humedad empapando las bragas. Lo empujo al suelo, alfombra áspera. Me arranco las bragas. Coño depilado, hinchado, jugoso. Él se pone de rodillas. ‘Qué olor tan rico’, inhala profundo. Lengua en mis labios mayores. Lame despacio. ‘Ahh… sí, ahí’. Chupa mi clítoris. Dientes suaves. Meto dedos en su pelo. ‘Más… joder, más’.
El clímax salvaje sin frenos
Le monto la cara. Hundo su nariz en mi coño. Cabalga su lengua como una puta. ‘¡Sí, come mi coño!’. Dedos dentro, dos, tres. Curvos, tocando mi punto G. Chorros de jugo en su boca. Él gruñe, vibra contra mí. Me corro gritando. ‘¡Me vengo! ¡Hostia!’. Temblores. Piernas flojas.
Ahora él. Lo tumbo. Polla en mi mano, babas en la punta. La chupo. Boca llena. ‘Glup, glup’. Lengua en el frenillo. Bolas en la mano, pesadas. ‘Quiero tu leche’, digo mirándolo. Pero no. ‘Dentro de ti’, ordena. Me pongo a cuatro patas. Culo en pompa. ‘Métemela’. Golpe. Polla gruesa abriendo mi coño. ‘¡Aaaah!’. Fondo. Duele rico. Embestidas brutales. Piel contra piel. ‘¡Fóllame fuerte, cabrón!’. Sudor goteando. Olor a sexo, intenso, animal.
Me agarra las caderas. Dedo en mi culo. ‘Sí, ahí también’. Doble penetración con dedos y polla. Ritmo salvaje. ‘Tu coño aprieta como una virgen’. Gimo incoherente. ‘¡Cógeme, joder!’. Orgasmos en cadena. Él acelera. ‘Me corro…’. Chorros calientes dentro. Llenándome. ‘¡Sí, lléname de leche!’. Colapso sobre él. Corazón latiendo como loco.
Después, abrazados. Cuerpos pegajosos, sudor enfriándose. Su polla aún medio dura en mí, goteando. Besos lentos. ‘Ha sido… increíble’, susurro. Fatiga buena, músculos temblando. Recuerdo su lengua en mi coño, el sabor salado de su semen. Sonrío. ‘Quiero más’. Él ríe bajito. ‘Siempre’. Duermo con su olor en la piel, el recuerdo quemándome por dentro. Mañana, más. Vivo para esto.