Ay, chicas, aún tiemblo al recordarlo. Fue en febrero, en los Pirineos. Yo, Carmen, convencí a mi amor, Alberto, y a mi amiga Lea para una ruta de senderismo. La nieve nos pilló por sorpresa, nos hundíamos hasta las rodillas. Heladas, exhaustas, Lea se derrumbó. La cargué como pude hasta una cabaña de cazadores. Encendí la chimenea, el fuego crepitaba, salvándonos del frío mortal.
Nos quitamos la ropa empapada. Yo frotaba el cuerpo helado de Lea, sus pechos firmes como manzanas, su piel mate suave. ‘Carmen, quítamelo todo’, murmuró temblando. La desnudé, su coño depilado brillaba con gotas de sudor frío. Alberto nos miraba, su polla ya medio dura bajo el pantalón. Yo me envolví en el saco, pero el calor subía, no solo del fuego. La tensión crecía, miradas furtivas, respiraciones cortas.
La chispa que encendió la tensión insoportable
De repente, la puerta se abrió de golpe. Dos cazadores brutos entraron, salopettes verdes, olor a bosque y sudor. El alto, calvo con cicatriz, ojos azules perforantes. El otro, barrigón, bigote gris. ‘¿Qué coño hacéis aquí?’, gruñó el grande. Les explicamos, pero nos amenazaron: ‘Esta es nuestra cabaña, callaos o os jodemos’. Alberto palideció, pero yo… uf, su mano en la boca de él, su cuerpo imponente… sentí un cosquilleo en el chocho.
La razón empezó a fallar. Se sentaron, hablando de su caza ilegal. Yo no podía quitarles los ojos de encima. Alberto se acercó por sus papeles, el grande lo tiró sobre sus rodillas. ‘Mira qué maricón’, rio, pellizcándole los pezones. Alberto gimió, su polla erecta. Yo me mordí el labio, el calor entre mis piernas era insoportable. ‘Sigue, hazlo gemir’, susurré. La tensión explotó, el deseo nos controló.
El grande le torció los pezones hasta que chilló, luego los chupó, lengua húmeda, succionando fuerte. Alberto jadeaba, ‘Ah… duele… pero…’. Su polla saltó del calzoncillo, venosa, goteando. El barrigón ató sus huevos con cordón, apretando la base: ‘Ahora no correrás tan rápido’. Lo pajearon brutal, rápido, lento, él suplicaba ‘Quiero correrme… por favor’. Metieron un dildo en su culo con miel como lubricante, ‘Prueba tu propio sabor, puta’. Caminaba a pasitos, el plug moviéndose, miel chorreando por muslos.
El clímax brutal y el éxtasis sin frenos
Yo no aguanté. Me quité el tanga, me toqué el clítoris hinchado. Los tíos se desnudaron, pollas gordas, duras como rocas. El grande me levantó, piernas abiertas, su verga enorme entró en mi coño empapado. ‘¡Joder, qué prieta!’, gruñó. El otro en mi culo, doble penetración, follándome sin piedad. Olor a sexo, sudor, miel. ‘Más fuerte, rompedme’, gritaba yo, orgasmos me sacudían. Chupé la polla del barrigón, tragué saliva y precum. Alberto nos miraba, pajéandose frustrado.
Alberto se corrió al fin, chorros en mi piel. Nos besamos, semen goteando. Los cazadores se fueron antes del alba. Al día siguiente, Lea y Alberto decían que soñé, pero mi coño dolorido y el calzoncillo empapado de él lo dicen todo.
Ahora, agotada pero feliz, revivo cada embestida, el dolor-placer, sus pollas rellenándome. Fue pasión pura, sin tabúes. ¿Queréis más detalles? Uf, me mojo solo recordándolo.