Me llamo Marta, tengo 26 años y estoy haciendo un stage en una empresa de aquí de Madrid. Soy morena, de estatura media, con curvas justas: tetas pequeñas pero firmes, culo redondo que siempre resalto con faldas ceñidas. Soy super abierta al sexo, vivo mis deseos sin frenos y adoro contar mis folladas como si acabaran de pasar. Eh… esto que os voy a contar me pasó hace unas semanas, aún siento el calor en la piel.
Llegué al bureau y noté un despacho vacío cerca del mío. Al día siguiente, apareció él: Alex, un stagiaire alto, moreno, 1,85 m, unos 80 kg bien puestos. Tímido, siempre solo en las pausas, comiendo en su mesa apartada. Yo, que soy de las que miran y provocan, lo pillé observándome cada vez que iba a la fotocopiadora. Su mirada… uf, me ponía a mil. Pasábamos días saludándonos con sonrisas largas, pero nada más. Lo espiaba yo también: cómo se mordía el labio, cómo se ponía rojo si nos cruzábamos.
La chispa que encendió el fuego
Una mañana, durante la pausa del cigarro, un técnico nos interrumpió y me sonsacó info: 26 años, de fuera, estudiando administración. Alex se quedó callado, pero noté su frustración. Los días siguientes, la tensión crecía. Lo oía jadear bajito cuando me veía pasar con mi falda ajustada. Yo susurraba al teléfono con mi novio, pero en realidad fantaseaba con Alex. Me obsesionaba: ¿sería tan tímido en la cama? Un martes, lo pillé mirándome fijamente mientras fotocopiaba. Al mediodía, toqué su puerta. ‘¿Por qué no hablas conmigo en vez de mirarme como un lobo?’, le dije riendo. Se disculpó, rojo como un tomate. ‘Me pones nervioso… eres preciosa’. Le invité a comer al día siguiente. En el snack, charlamos de todo: estudios, curro, novios. Sí, los dos teníamos pareja, pero la química explotaba.
Desde entonces, comíamos juntos en su despacho. Un día, la charla derivó al sexo. ‘¿Qué quieres de mí?’, le pregunté. ‘Me vuelves loco, pero… tenemos novios’. Me levanté, me acerqué y le besé fugaz. ‘Hay otra opción: puro sexo, sin complicaciones’. Al día siguiente, en su mesa, silencio cargado. Me subí a su regazo. Sus manos temblaron en mi cintura. Nuestras lenguas se enredaron, calientes, húmedas. ‘¿Estás segura?’, murmuró con voz ronca. ‘Cállate y fóllame’, le susurré. La razón se fue a la mierda.
El descontrol total en el bureau
Se deslizó al suelo, yo de rodillas entre sus piernas. Le bajé el vaquero: su polla ya dura, gruesa, saltó fuera. Olía a hombre excitado, ese aroma almizclado que me moja al instante. La lamí desde la base, saliva chorreando, hasta el glande hinchado. La chupé profunda, apretando labios, mirándolo a los ojos. ‘Joder, Marta… eres una diosa mamando’. Bajé a sus huevos, los chupé suaves, metí un dedo en su culo apretado. Él gemía, ‘Para… voy a correrme’. Me puse de pie, él me arrancó la blusa: mis tetitas libres, pezones duros. Me sentó en la mesa, bajó mi falda y tanga. Besó mis muslos, piel caliente, sudorosa. Extendí piernas sobre sus hombros. Su lengua en mi coño depilado a medias, labios hinchados de jugos. ‘Hueles a sexo puro’, gruñó lamiendo clítoris, metiendo dos dedos. Yo arqueada, gimiendo: ‘¡Más, cabrón!’. Lamía mi ano, lo penetró con dedo húmedo mientras succionaba mi botón. Corrí fuerte, chorros mojando su cara, cuerpo temblando.
Me folló con condón: piernas en alto, rodillas contra tetas, vista perfecta de mi coño abierto tragando su polla. Golpes profundos, piel contra piel chapoteando. ‘¡Acelera, rómpeme!’, jadeé. Cambiamos: yo cabalgándolo en la silla, polla clavada hasta el fondo, mis tetas en su boca. Bajé rápido, él guiando mi culo. Corrí gritando, ahogando el alarido. Él eyaculó dentro del gomorro, jetas calientes. Sudados, exhaustos.
13:15, nos vestimos a toda prisa. Besos tiernos, risas nerviosas. ‘Nunca había gozado así, gracias por mi culito’, le dije. Caminamos a nuestros puestos, piernas flojas, olor a sexo pegado a la piel. Tres semanas más de folladas locas, pero esa primera… uf, aún me mojo recordándola. Fatiga feliz, adicción total.