Han pasado diez días desde que jugamos a la sumisión con mi compañero de curro. Y la tía actúa como si nada, normalita con todo el mundo. Me está haciendo dudar, joder. Casi creo que fue un sueño, un polvo de mi cabeza caliente. Pero no. Solo de pensarlo, mi coño se moja solo. Recuerdo el olor de su string, ese sabor salado de su capullo baboso cuando me lo metí en la boca.
Me encierro a solas, me meto un dedo en el chocho, revuelvo mi humedad imaginando que es la suya. Pero ella… él, mi compañero, ni caso. Nada en su cara dice que quiera más. Hoy llega como un crío: vaquero ajustado, sudadera polar ancha, coleta. Otros no lo verían sexy. Yo sí. Esa lana suave me dan ganas de abrazos, de restregarme en esas curvas que se adivinan bajo la tela floja. Me pone a mil, el cabrón, así de simple.
La tensión que me quemaba por dentro
Estamos solos en la sala, media hora hasta que lleguen los demás. Le suelto una tontería: «Qué sudadera más guapa. Debe ser calentita y suave». Sonríe: «Sí, como una caricia en la piel». Yo, picada: «Lástima que el sujetador joda esa sensación en las tetas». Se ríe bajito: «Hoy no llevo, tranquila». Joder, imagino sus tetas desnudas frotándose libres. Mi coño palpita, la braguita se empapa. Él nota mi mirada y añade: «Me encanta cuando la muevo así…». Se inclina, mueve el torso de lado a lado. La sudadera ondea, acariciando sus pezones. Cierra los ojos: «Mmm… me pone los pezones duros de verdad».
Se endereza, sube la sudadera despacito. Sus tetitas perfectas, firmes de excitación, al aire. Me quedo muda, el corazón a mil. Moja un dedo en saliva, lo pasa por el pezón izquierdo, girando suave. Cabeza atrás, gemido: «Lámeme…». Me lanzo, labios en su teta. Tiembla. Pinocho el pezón, tiro suave, lamo su saliva. Él suspira: «Joder, qué bien…». Se pone de pie, arrastra una silla: «Siéntate». Obedezco. Me monta a horcajadas, tetas en mi cara. Saco lengua, lamo el pezón duro, rodeo la areola. Chupo, muerdo suave. Él gime: «Me excitas tanto que tengo el string chorreando».
El polvo brutal y el orgasmo que nos dejó temblando
Se levanta, mira mi bragueta. Abro piernas. Manos en mis muslos, sube al bulto de mi coño. Amasa mi chocho hinchado bajo el pantalón. «¿Llevas la polla hacia abajo, como perrito sumiso? Dijiste string… Vamos a ver». Baja la cremallera, mete mano. Dedos exploran el tanga, se cuelan entre nalgas. Sube al capullo, gira en la mancha húmeda. Presiona, mete en el prepucio. ¡Ah! Espasmo, leche fresca moja todo. «Mouilles como una puta en celo», dice sacando el dedo brillante. Lo pasa por su teta, círculos hasta el pezón. Luego en mi boca: «Chupa». Lamo mi propia corrida, salada y espesa.
Se planta delante, piernas abiertas. Desabrocha vaquero, mano en braguita. Dedo hurgando mi coño, abriendo labios, metiéndose hondo en el calor empapado. Saca, viscoso de jugos. Lo unta en la otra teta, me lo da: «Limpia». Chupo ávida, sabor ácido de mi chocho. Vuelve a montarme, tetas en mi boca. Mamó como loca, lamo areolas, torzo pezones. Él ondula: «Límpialas bien, sin rastro». Sigo, mordisqueando. Su cuerpo tiembla. Mano en pantalón, se toca el clítoris furiosa. Respiración entrecortada, gemidos. Se cambra: «¡Me corro!». Espasmos, coño explotando. Saca dedo, en mi boca. Chupo su orgasmo, intenso, dulce-amargo. Cierro ojos, saboreo.
Se levanta rápido, se viste. Ni mirada. Gesto de ‘vete’. Vuelvo a mi sitio, aturdida, coño palpitando aún. El sabor en mi lengua, su leche en mi piel. Mañana… ¿quién sabe? Pero esto quema en mi memoria, joder.