Confesión ardiente: el mendigo que me hizo correrme como una puta

Era sábado, 24 de junio de 2019, mi cumple de cincuenta tacos. Corría por el paso del Havre, cerca de Gare Saint-Lazare, con tacones altos que me mataban en estos adoquines del demonio. ¡Pum! Tropiezo, caigo de bruces. La falda sube, el mentón besa el suelo, la nariz sangra un poco. Levanto la vista y ahí está él, un tipo sentado en las escaleras, con su cucurucho pidiendo un euro, pero con un e-reader en la mano. Parecía Raskólnikov, eh… perdido en su libro.

—Ay, señora, ¿se hizo daño? —me dice, arrodillándose rápido, tendiéndome la mano. Su piel áspera, pero cálida. Me levanto, apoyándome en su brazo fuerte. La gente murmura: ‘Ese mendigo la tiró’, ‘Mira cómo sangra’. Un negro bueno me pasa un kleenex. Él me ayuda, me mira con ojos tristes pero limpios. Boqueo un poco, el talón roto. ‘Vamos a ese bar’, dice, cargando mi zapato.

La chispa que encendió el fuego

Nos sentamos en la terraza. Pido un gin-tonic ligero, él un Perrier. Huele a calle, a libros viejos, pero limpio. Charlamos. Yo cancelo mi cita por móvil. Cuéntame su vida: viudo, hijo muerto, padres en un accidente, depresión, alcohol, vagabundeo. Ahora vigilante nocturno, lee clásicos en dominio público. Vive en un cuchitril en Saint-Ouen. Me dice que mendiga para leer en paz, dos euros la hora. Yo, casada con rico en Levallois-Perret, siento… ¿piedad? No, curiosidad. Calor en las piernas.

Otro trago. Le pregunto por amigos, inventa unos del bar. Veo unas alpargatas en una tienda. ‘¿Qué número?’, pregunto. 39. Las compro, regalo. Se ríe, prueba, abre las piernas un segundo. Veo sus muslos bronceados, el triángulo oscuro bajo la falda. Mi coño palpita. Él mira, yo finjo no notar. ‘Con esto me compro una camiseta limpia’, digo, sangre en mi blusa.

Vamos al Printemps. Pruebo camisetas, dejo la cortina entreabierta. Ve mi sujetador blanco, mis tetas generosas. En el cine Wepler, última fila. Apoyo codo en el suyo. Calor sube. Rodillas rozan. No deseo follar aún, pero… duele la falta. Al salir, beso fraternal. ‘Gilles’, dice. ‘Hélène’, miento un poco, soy Inés en realidad, española en París.

Noche masturbándome. Su polla imaginada. Domingo en Levallois, lunes Pigalle, nada. Martes, biblioteca Jacqueline de Romilly. ‘¡Gilles!’ Lo llamo. Él gira, ojos brillantes. Abrazo, tetas contra pecho. Polla dura roza. ‘¿Un café?’ Salimos. En su coche negro, vitres tintadas: ‘Olvidé el móvil’. Se agacha, culo perfecto baila ante mi bragueta. Me pego. Sus nalgas calientes frotan. Dos segundos eternos. Tensión explota. Razón muere.

Explosión de placer sin frenos

Puerta cierra, beso lengua adentro. Saliva caliente, aliento menta. Manos en sus hombros, bajo a tetas. Duras, pezones tiesos. Él aprieta las mías. Mano vuela a mi bragueta: ‘Qué polla más gorda’. Me la saca, pajero en jeans. Yo abro piernas: ‘Métemela, nadie ve’. Dedos en mi coño chorreante, dos de golpe. Gimo, huelo a sexo. Me corro apretando muslos. Boca en glande, lame. Lechazo en garganta, traga todo.

‘¿A tu casa?’ Sí. En su piso cutre, café. Se sienta en mi regazo, polla punza. Ondea caderas. Huele a sudor limpio. Desabrocho vestido rojo, sujetador negro con rojo. Tetas fuera: ‘Apriétalas fuerte, cabrón’. Mordisqueo pezones. ‘¡Más, muerde!’ Se arrodilla, tetas alrededor polla: ‘Fóllamelas’. Empujo entre carnes suaves, sudadas. Dedo en culo, luego dos. Dolor-placer. Grito, chorro en tetas.

Lame mi leche. Me pone a cuatro, polla entra coño empapado. ‘¡Qué coño apretado, puta!’ Embestidas brutas, huevos slap-slap. Sudor gotea, olor almizcle. Cambio: yo encima, cabalgo salvaje. ‘¡Córrete dentro, lléname!’ Él ruge, semen caliente inunda. Colapso.

Ducha. 2 julio, 17h. Cansancio dulce. Recuerdo polla dura, sabor salado, temblores. Quizás vuelva de Honfleur. Su cucurucho: ‘Un euro hará feliz’. Si lo ves, calla.

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