Confesión ardiente: Mi tarde de deseo descontrolado con Pablo

Ay, no sabes… ese sábado por la tarde, todo empezó con una idea loca. Pablo, mi amante joven y fogoso, había invitado a su amigo Javier y a Odette, esa amiga madura de su madre. Queríamos un plan a cuatro para soltar tensiones. Yo, vestida de monja pero con el cuerpo ardiendo, me senté al lado de Javier en el sofá. Mi mano subió por su muslo… lento, sintiendo el calor de su piel bajo el pantalón. Él estaba tieso, mirando a Pablo que ya devoraba la boca de Odette, peloteándole los pechos.

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Pero Javier… pobrecito, casi virgen. Mi mano llegó a su paquete, y nada, ni se movía. Le mordisqueé la oreja, lamí el lóbulo… ‘Relájate, cariño’, le susurré. Él rojo como un tomate. Al fondo, Pablo abrió el sostén de Odette, liberando esos tetones maduros, duros los pezones. La mano de Pablo entre sus piernas, frotando su coño. Odette gimió: ‘Ay, hermana, perdóname… el cuerpo manda’. Pablo soltó: ‘No te preocupes, a la hermana le gustan las pollas jóvenes. Abre las piernas, déjame oler tu chochito mojado’.

La chispa que enciende el fuego

Eso encendió a Javier un poco. Sentí su verga endurecerse bajo mis dedos. ‘Quítame la ropa’, le dije al oído. Él balbuceó: ‘No, hermana, no puedo…’. Yo no esperé. Bajé su cremallera, saqué esa polla tiesa y la apreté. Me abrí el escote, saqué mis tetas pesadas. Lo empujé contra ellas. Su lengua tímida… besitos suaves, evitando los pezones. ‘¿Has follado mucho?’, pregunté. ‘No mucho, hermana…’, admitió. Era un novato total.

Mientras, Odette se quitó la falda, pero resistía el tanga. Pablo la lamió hasta que ella se corrió, arqueando la espalda. Javier, viéndolo, se corrió en mi mano de repente. ‘¡Perdón! Se me escapó…’, repetía, limpiándose mal. Odette miró el reloj: ‘¡Son las 4:30! Tengo que irme, mi marido llama’. Se vistieron rápido. Nosotros solos… nos reímos a carcajadas. Pablo: ‘Odette fingió, su coño no chorreaba como siempre’. Yo: ‘Y Javier, un eyaculado precoz’.

La tensión explotó. Nos besamos con hambre, lenguas enredadas. Él se desnudó en segundos, yo en lencería. Su polla dura rozó mi pubis, dedos en mis pezones. Me corrí al instante, temblando. ‘Fóllame ya’, suplicamos juntos. Me puse a cuatro, culo al aire. Entró de golpe, profundo en mi coño empapado. Agarró mis tetas colgantes, apretándolas. Bombeábamos salvaje, piel sudada chocando, olor a sexo llenando el aire. Su aliento corto en mi cuello… ‘¡Me vengo!’, gritó, llenándome de leche caliente. Yo exploté con él, contrayéndome.

El clímax salvaje y sin frenos

Agotados, nos besamos tierno. ‘Quédate la noche’, pidió. ‘Sí, primera vez durmiendo con un hombre’. Duchamos juntos, jabón en su polla, en mi culo. Pipí juguetón, su chorro dorado en mi piel. Cenamos disfrazada con ropa de su madre, elegantes. En casa, Cointreau helado. Me besó pasando la lengua con licor. Mano bajo la falda, masajeando mi coño húmedo. Saqué su verga, la lamí con sabor a naranja. Él metió dedos en mí, chupó tetas. Nos corrimos lento, saboreando.

En la cama, besos por todo el cuerpo, evitando lo caliente al principio. Luego lamió mi coño, mordió el clítoris, lengua en el ano. ‘¡Sí, métemela!’, gemí. Me folló misionero, yo dedo en su culo. Nos corrimos rugiendo, semen mezclándose. Dormimos pegados. Desperté cabalgándolo, controlando el ritmo hasta corrernos de nuevo.

Al amanecer, más caricias, pipí juguetón. Regresé al convento flotando. Ahora vivo entre fe y lujuria. Ese recuerdo quema aún… su polla en mí, el olor, el sudor. Quiero más.

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