Mi ofrenda en la oscuridad: follada salvaje por entidades invisibles

Llegué al lago en mi velero al atardecer. La brisa me erizaba la piel. Solté el ancla y me quité todo. Desnuda, bajé por la escalerilla. El agua fría me besó las piernas… las caderas… el coño. Respiré hondo y me hundí. Libre, girando en la bahía escondida. Subí jadeando, el sol secándome la piel húmeda.

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Me serví un vino tinto, fuerte. La noche venía. Recordaba la maldición: desde esa caminata nocturna, la oscuridad me atacaba. Garras, olores podridos, miedo que me paralizaba. El cura viejo dijo: ‘Lo invisible se alimenta de tus miedos. Sé benevolente, y la violencia se irá’. Quería acabar con eso. Ofrecerme en la fuente: este bosque al borde del lago.

La tensión que me quema por dentro

El pánico me subió a la garganta. Lágrimas calientes rodaron por mis pechos. ‘No más miedo’, me repetí. Me puse la bata blanca fina, como para un sacrificio. Bajé al agua con el saco impermeable. Nadé a la playa. El bosque me esperaba, oscuro ya. Caminé temblando por el sendero. Hojas crujiendo bajo mis pies. Mi vientre se calentó de golpe. Mis pezones se endurecieron. ‘Ven… fóllame’, susurré al aire.

Llegué a la claro. Me tumbé en las hojas secas. El corazón me latía en el coño. Un ruido… cerca. Olía a podrido. Cerré los ojos, respiré profundo. Pensé en placer. El hedor se fue. Manos gruesas tocaron mi vientre. Subieron la bata. Mi piel ardía. Abrí las piernas. ‘Tu lengua primero… por favor’, murmuré audaz.

La lengua áspera lamió mi raja. Caliente, girando en mi clítoris hinchado. Entró en mi coño chorreante, sorbiendo mis jugos. Gemí ronca, arqueándome. ‘¡Sí… más profundo!’. Me corrí como una puta, squirt empapando las hojas. El invisible subió, su polla gorda me abrió de golpe. Hasta el fondo. Follada lenta, brutal. Sus manos en mis caderas me clavaban. ‘¡Fóllame más fuerte!’ gritaba yo, perdida.

El clímax brutal y el éxtasis múltiple

Me corrí otra vez, chorros calientes. Se retiró. Lo sentí a mi lado, piel sudorosa. Agarré su verga mojada, dura aún. Me subí encima. La metí en mi coño resbaladizo. Cabalgué despacio, subiendo y bajando. Suspiraba entre dientes. Otro orgasmo me rompió, gritando al cielo negro.

Entonces… una mano en mi nuca. ¡Otra presencia! Garras. Me rasgaron la bata. ‘¡No!’, chillé. Pero su polla presionó mi culo. Dolor ardiente al entrar. Dos pollas me llenaban: una en el coño, otra en el ojete. Temblaba. ‘Calma… dadme placer’, susurré, venciendo el miedo. El primero me masajeó los tetones. El nuevo se sacó del culo y me lo puso en la boca.

Chupé esa verga salada, sus manos en mi cabeza follándome la garganta. Las pollas entraban y salían. Ritmo perfecto. El del coño se corrió primero: lechada caliente inundándome, chorreando por mis muslos. El de la boca tardó, hinchándose. Tragó lo que pude, el resto en mi barbilla, tetas. Caí exhausta.

El alba me despertó. Nuda, rota pero feliz. La bata hecha jirones. En una piedra, una flor azul. ‘No os olvidaré’, dije al bosque sonriendo. El recuerdo quema aún: pollas invisibles poseyéndome, mis corridas salvajes. Ahora vivo sin miedo. La noche es mi amante.

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