Confesión ardiente: Mi clase privada de inglés que explotó en sexo salvaje

¡Dios mío! Esto pasó hace como quince años, pero lo siento como si fuera ayer. Vivía con Walter al principio de nuestra relación, todo era nuevo, explorábamos. Acababa de pillar un curro de secretaria en una multinacional enorme. Mi jefe me pilló las lagunas en inglés y me mandó a clases privadas con Paul, el profe británico. Alto, rubio, ojos azules como el cielo, con ese acento que me ponía la piel de gallina.

💸Conviértete en modelo webcamMás del 50 % de los ingresos · Pagos diarios · 60 M de visitas/díaSaber más →

Ese día no pude ir a clase por un dossier urgente. Paul me ofreció repasar en su piso, a las cuatro de la tarde. Vivía en uno de esos apartamentos que la empresa alquilaba cerca del centro. Me puse una falda escocesa cortita, sin darme cuenta, camisa blanca que marcaba mis tetas pequeñas, calcetines y mocasines. Parecía una niñita inocente yendo a su perdición.

La chispa que encendió el fuego

Llego puntual, toco timbre. Me abre en camiseta, vaqueros y zapas, relajado. ‘Hola’, digo tímida. Me invita a pasar sin decir nada, solo un gesto. El piso es diminuto: salón-cocina todo en uno. Me ofrece algo fresco, él espera al té. El aire está pesado, no sé qué decir. Me siento rara con la falda. Él parece distante, pensativo.

‘Well, si quieres nos ponemos cómodos en el sofá para repasar lo de hoy’. El sofá es un hundidero entre la mesa y un taburete. Me hundo riendo, él sonríe un segundo. Mi falda se sube mucho, tiro de ella, pero ni caso. Se sienta cerca, me pasa el texto de Edgar Poe. Lo odio, pero leo. Su muslo roza el mío, tiemblo. Se acerca más, su brazo detrás de mí. Mi voz falla, el corazón me late fuerte. Su aliento corto, el mío también. Leo ‘…do to others as you would be done by…’. Su mano cae en mi muslo. Silencio total. Tiempos suspendidos. Sigo leyendo como si nada, pero abro un poco las piernas. Ha ganado.

Su mano sube lenta bajo la falda, al ritmo de mis palabras torpes. Acelero, él aprieta. La hoja cae. Me acaricia la braguita, ¡joder, cómo me gusta! Mouille como loca, clítoris hinchado. Gimo bajito, ‘Haaa’. Se aleja para hacerme languidecer, el cabrón. Deslizo en el sofá, cabeza en su pecho, piernas abiertas. Su dedo roza mi ano, presión suave. Me abandono.

Explosión de placer sin frenos

No aguanto, toco su paquete duro. Abro la braguette con torpeza, ¡putos botones ingleses! Saco su polla: fina, larga, rosada, inglesota. La agarro firme, la meneo lento. Él gime. Me pongo encima, lamo el glande, bajo por el tronco, chupo huevos. ‘Oh yes’, gruñe. Lo trago entero, succiono fuerte. Él me insulta en inglés, no entiendo pero me excita: ¡soy tu puta francesa, rosbif!

Se hincha más, eyacula. Primera chorreada en mi mejilla, el resto en boca. Trago su leche caliente, sabor fuerte. ‘Oh my God’, jadea. Su corazón galopa bajo mi oreja.

Ahora me toca a mí. Lo miro suplicante, piernas abiertas. Vuelve a mi coño, pero lento. ¡Basta! Agarro su mano, meto dos dedos en mi chochito rasurado y chorreante. ‘Hooo’, gime él. Mouvement lent, pulgar en clítoris. Abre mi camisa, pellizca pezón. Pierdo el control, grito dentro: ‘¡Fóllame, cabrón!’. Dedo en culo, como nadie antes. Exploto: ‘¡Aaaaah!’, ondas brutales, río, sudo, todo tiembla.

Inmóvil, exhausta, feliz. Risas nerviosas. Su mirada en mi coño expuesto me excita aún. Rebanda, quiero su polla dentro. Me subo a horcajadas, pero ‘No, no, no es razonable’, dice. ‘Me he pasado, lo siento’. ¡Increíble! Furiosa, cojo mi braguita húmeda, me visto. ‘¿Té?’, pregunta. ‘¡No jodas!’. Me voy perpleja, frustrada. Abajo, aire fresco, pero el recuerdo quema: su polla en mi garganta, mis jugos en sus dedos, ese orgasmo anal. Mañana otro día, pero esta confesión arde forever.

Leave a Comment