Confesión ardiente: Follada salvaje bajo abrigos de piel en la agencia

Ayer me vibró el móvil mientras subía las escaleras al piso. Un mensaje de un número desconocido. Pensé que era spam, pero no. Era Tomás, el cliente guapo de la agencia. ‘Gracias por el momentazo. Quedamos mañana a las 14h para acabar lo empezado’. Mi corazón latió fuerte. Rodolphe no estaba, así que yo, Clara, su sobrina, lo recibiría.

Canceló todo, yo también. Me masturbé tres veces esa noche pensando en su polla dura bajo mi mano ayer. Mi coño ardía, húmedo, palpitante. Mañana lo follaría sin piedad.

La chispa que encendió el fuego

Por la mañana, envié el abrigo de castor que usó antes. Con una nota: ‘Póntelo desnudo para no perder tiempo’. Imaginé su verga tiesa al leerla. Yo me puse mi abrigo de zorro rojo, largo, suave. Nada debajo. Solo medias y tacones. El roce de la piel en mis pezones me ponía cachonda.

A las 14h, sonó el timbre. Abrí y allí estaba él, con el castor cubriéndolo todo. Nuestros ojos se comieron. Lo empujé contra la puerta, la cerré de un portazo. Mis labios chuparon los suyos, lengua dentro, babas mezcladas. Hundí la mano en su abrigo. Su polla saltó, gruesa, caliente, lista. ‘Joder, estás empalmado total’, gemí.

Me froté el coño en su muslo peludo. El calor de su piel, el olor a hombre excitado. ‘Me he pajillado pensando en ti. Mi chochito está ardiendo. ¿Es por mi tía? La viste con su zibelina, ¿verdad?’. Él dudó, rojo. ‘Sí… es preciosa’. Reí. ‘Pues fóllame fuerte a mí, su sobrina caliente’.

La tensión era insoportable. Mi razón voló. Lo quería dentro ya.

Me giré, pelo suelto rozando la piel del abrigo. Caminé al sofá, pero él me agarró por la chaqueta. Me pegó su cuerpo por detrás. Sus manos amasaron mis tetas grandes a través del zorro. Pesadas, blandas. Gemí, arqueé la espalda. Su aliento en mi cuello, perfume mío mezclándose con su sudor. Bajó una mano, metió en mi abrigo abierto. Dedos en mi raja empapada. ‘Estás chorreando’, murmuró.

Explosión de placer crudo y el dulce aftermath

Me solté, apoyé en la consola de la entrada. Abrí mi abrigo, dejé el culo al aire, blanco, redondo. Me cambré, metí dedos en mi coño, saqué jugos y lamí. ‘Estoy lista. Fóllame’. Él abrió su castor, polla apuntando. Me dio una nalgada suave, piel roja. Beso en la nalga. Luego frotó su piel suave en mi culo dolorido.

Presentó el glande a mi entrada. Deslizó adentro, fácil, resbaladizo. ‘¡Joder, qué prieta!’, gruñó. Me taladró salvaje, embestidas profundas. Agarré sus manos, las puse en mis tetas. Pezones duros como piedras. Yo los pellizcaba, tiraba. ‘Más fuerte, cabrón’. Barrió los adornos de la consola, me tumbó encima. Posición nueva, polla más honda.

Gimí como perra. ‘Córrete dentro, lléname el útero’. Él aceleró, jadeos cortos. Sentí su polla hincharse, leche caliente salpicando mis paredes. Yo exploté, coño contrayéndose, jugos mezclados. Piernas temblando, aliento entrecortado.

Bajé, abrí piernas en la consola. ‘Límpieme, lame tu lefa’. Lo agarré del pelo, boca en mi coño sucio. Lengua chupando semen y miel. Sabor salado, ácido. Me corrí otra vez, suave, acariciándome las tetas.

Nos abrazamos, pieles frotándose, sudorosas, calientes. Eternos minutos de caricias. Olor a sexo puro, semen goteando mis muslos.

Sonó el interfono. ‘¡Mierda, mi cita siguiente!’. Rápido, cerré abrigos. Besé su polla floja. ‘Vete por el portón’. Él salió, yo abrí al nuevo cliente… aún oliendo a corrida.

Leave a Comment