¡Dios, qué noche! Era sábado, boda de mi primo en un pueblo perdido. Llegué con mi padre, tarde como siempre. Me asignaron a la mesa de los niños, qué horror. Niños gritando, babas por todos lados. Y ahí estaba él, Sebastián, solo con su cerveza, mirándome de reojo. Alto, mono pero super tímido, ruborizado. Me senté enfrente. ‘¿Tú también aquí? qué mierda, ¿no?’, le dije riendo. Él balbuceó un ‘sí’, y arrancamos a charlar.
El vino corría, dos botellas por mesa. Los niños se piraron con sus colas. Hablamos de todo: música, exes. Le conté que estaba soltera, aunque al principio mentí para no parecer fácil. Él… virgen, lo admitió tartamudeando. Sus ojos se clavaban en mi escote, sentía su mirada caliente en mis tetas. Bailamos un slow. Joder, se pegó a mí, sus manos en mi culo, y noté su polla endureciéndose contra mi vientre. Caliente, dura. Mi coño empezó a palpitar, húmedo ya. Respiraba agitado, su aliento en mi cuello olía a vino y deseo.
La chispa inicial y la tensión que me quemaba
En el baño, le confesé la verdad: ‘No tengo novio, guapo. Me gustas’. Volvimos a la pista, besos robados, lenguas enredadas. Sudados, apestando a sexo. ‘Tengo deso en el coche’, le dije. Salimos al frío, 2 grados, temblando. Nos metimos atrás de mi coche. Puse calefacción, me incliné, mi culo contra él. Tropecé, caí sobre su regazo. Sus manos en mis tetas. ‘¿Te gustan?’, pregunté jadeando. ‘Sí… joder’, murmuró.
La tensión era insoportable. Mi coño chorreaba, sus pantalones a reventar. Le arranqué la camisa, él el mío. Sus manos torpes en mi sujetador, lo quité. Mis tetas saltaron, pezones duros. Se lanzó, chupando, mordiendo. ‘¡Ay, sí!’, gemí. Bajé su cremallera, saqué esa polla gruesa, venosa, palpitante. ‘Impresionante’, le dije lamiendo el glande. Él gime, cabeza echada atrás.
La explosión brutal y el dulce agotamiento
No aguanté. Me quité la falda, braga empapada al suelo. Mi coño rasurado, hinchado, listo. Me subí a horcajadas. ‘Fóllame ya’, le ordené. Agarró mis caderas, embistió. ¡Joder, qué polla! Entró hasta el fondo, estirándome. Caliente, resbaladizo. Cabalgué como loca, tetas rebotando, sudor goteando. ‘¡Más fuerte, cabrón!’, grité. Él empujaba, salvaje ahora, manos en mi culo abriéndome. El coche temblaba, vidrios empañados. Olía a sexo, a coño mojado, a semen preeyaculatorio.
Le di la vuelta, perra en cuatro. ‘Métemela por detrás’. Empujó brutal, bolas golpeando mi clítoris. Follando sin piedad, piel contra piel ardiente. ‘¡Me corro!’, aullé primero, coño contrayéndose, chorros calientes. Él gruñó, ‘¡Yo también!’, y me llenó de leche espesa, caliente. Colapsamos, jadeando, pegajosos.
Después… uf, qué felicidad. Agotados, riendo bajito. Su cabeza en mis tetas, mi mano en su polla floja aún goteante. ‘Increíble’, murmuró. Un crío nos interrumpió, pero ya era tarde. Volvimos adentro, piernas temblando, sonrisa tonta. Recuerdo su sabor, el calor de su semen en mí. Aún me mojo pensando en esa noche. ¡Viva el deseo sin frenos!