Era verano en las Landas, hace veinticinco años, pero lo recuerdo como si fuera ayer. Conocí a este chico dos semanas antes, a través de su hermana mayor, que estudiaba conmigo en la uni. Tenía veintitrés, yo veintiuno. Moreno, atlético, con esa mirada que te calienta por dentro. Pelo revuelto, sonrisa pícara. Pequeñita yo, piel morena que brilla al sol, tetas pequeñas pero firmes, culo redondo. Salvaje, rebelde, pero en la cama… ay, en la cama me deshacía.
Desde la primera noche follamos como animales. Su polla entraba perfecta en mi coño, dura, gruesa, me llenaba hasta el fondo. Gemía bajito, él me mordía el cuello, sudábamos juntos. Pero jugábamos a no sentir nada. Él salía con otra en Burdeos, yo fingía no importarme. Nos veíamos en la playa cada día, por ‘casualidad’. Follar, reír, separarnos. Tensión sexual que ardía, insoportable.
La chispa inicial y la tensión que explota
Una noche, fiestas de Dax. Música por todas partes, alcohol fluyendo, cuerpos bailando. Llevaba jeans ajustados, camisa blanca sin sujetador, tetas libres rozando la tela. Bailaba con todos, sentía sus manos en mi cintura, mi culo. Él me miraba, furioso, pero no decía nada. Yo reía fuerte, provocándolo. Bebimos mucho. A las cuatro de la mañana, caminando junto al Adour hacia su coche, explotó.
—¿Por qué coño bailas con todos? —gruñó.
—Somos libres, ¿no? Tú haces lo tuyo, yo lo mío. No estamos casados.
Discutimos fuerte. Entonces, un tipo ebrio en un jardín nos llamó. Cuarenta tacos, panza, tambaleante, pero simpático. —¡Qué tía más buena! Préstamela, macho, que con ella no peleo, la follo mejor.
Él, rojo de rabia: —Pregúntale a ella, es libre.
Lo miré, ojos en llamas. —¿En serio?
—Prueba que eres tan libre.
—No me jodas… —Pero el desafío ardía. Caminé al jardín, empujé al borracho tras un árbol. Le bajé los pantalones, su polla medio tiesa saltó. Olía a sudor y cerveza. Me arrodillé, la metí en la boca. Caliente, salada, creció rápido. Chupé fuerte, lengua alrededor del glande, huevos en la mano. Él gemía, —¡Joder, qué boca! —Movía la cabeza, saliva goteando, polla palpitando. No duró, eyaculó en mi garganta, espeso, caliente. Me tragué todo, me limpié la boca, camisa arrugada.
El clímax brutal y el dulce aftermath
Regresamos al coche en silencio. Mi coño chorreaba, excitada por la locura. Él conducía rápido, tensión eléctrica. Frenó en un camino forestal. Bajó, abrió mi puerta. Salí, temblando. Me giró contra el capó, aún caliente del motor. Me bajó los jeans de un tirón, braga empapada al suelo. Niña desnuda, culo al aire, tetas aplastadas en metal ardiente.
No miró mi cara. Abrió su bragueta, polla enorme, tiesa como hierro. —Voy a follarte como la puta que eres —dijo ronco.
Empujó de golpe. —¡Ahhh! —grité. Coño abierto, dolor-placer, llena al máximo. Me embistió brutal, manos en mis caderas, pellizcando. Piel sudada pegada al capot, olor a sexo, pino, noche. Cada estocada profunda, huevos golpeando mi clítoris. —¡Más fuerte! —jadeé. Sudor goteando, pezones duros rozando metal. Mi coño chupaba su polla, jugos bajando por muslos. Él gruñía, —Puta, te reviento el coño. —Aceleró, salvaje, yo arqueada, orgasmos rompiéndome. Él eyaculó dentro, chorros calientes inundándome, piernas temblando.
Se subió al coche. Yo recogí ropa, desnuda, coño goteando semen. Me vestí dentro, silencio pesado. Lo dejé en su casa, subí a la mía. Pensé: fin.
Al día siguiente, playa. Me acerqué, él dormía. Despertó, gafas oscuras. —Se acabó, ¿verdad? —susurré, tetas endurecidas por nervios.
Silencio. Luego: —No necesariamente.
Caí de rodillas, lágrimas. —No lo besé, no follé con él. Solo… te provocaba. ¿Por qué me dejaste? Nunca follé así contigo. Tengo miedo, no finjas más. Te necesito.
Me llevó al mar. Agua fría lavando. Se apretó a mí, polla dura contra mi vientre. Nos besamos, salados. Su lengua… igual que siempre. Olía a mar, a nosotros. Esa noche follamos tierno, mirándonos al correrme, —Te amo —gemí. Se acabó el juego. Fuimos pareja de verdad.