Me llamo Cristina, tengo 45 años, morena, curvilínea, casada con Pedro desde hace veinte. Tenemos una hija mayor. Me cuido en el gym del barrio, pero esos michelines rebeldes no se van. Mi culo y tetas siguen volviendo locos a los tíos. Trabajo de comercial en una empresa de colchones, siempre impecable. He rechazado a muchos clientes, salvo un polvo rápido con un vecino joven hace años.
Hoy presentamos a Ricardo, el nuevo jefe, 35 años, alto, musculoso, con aires de macho alfa. Me irrita su arrogancia, pero su virilidad… uf. Élodie, la rubia sexy, ya le come por los ojos. Me toca reunión individual con él martes a las 16:30. Hablo con Gisèle primero, que sale cabreada: la ha puesto en su sitio con sus ventas flojas.
La tensión que me volvió loca
Entro en su despacho, me mira de arriba abajo. Llevo pantalón beige, top blanco escotado, botines. Se hace el interesante, me hace esperar de pie. Al final: ‘Siéntate’. Me elogia mis números, dice que me lleva a la feria de Valencia con el mayor distribuidor. Élodie se jode. Me pide duplicar ventas en dos años. Me mira las tetas, ojos violetas que me erizan la piel.
Seis semanas después, viaje en su SUV. Llego reventada, quiero ducha. En recepción: solo una habitación. ¡El cabrón lo planeó! No hay más libres por la feria. Añaden un supletorio. Me deja la habitación primero. Bajo el agua caliente, me toco… mis dedos resbalan en mi coño húmedo. Gimo, me corro fuerte, el vapor llena todo.
Me pongo vestido negro corto, escote profundo, lencería fina, tacones de 14 cm. En el cóctel, luzco. Ricardo llega tarde, coquetea con una pelirroja puta. Me voy al hotel, llamo a Pedro. Le cuento todo: la habitación, verlo desnudo al amanecer… su polla enorme colgando, peluda. ‘Cariño, mi coño chorrea’, le digo. ‘Fóllatelo, cuéntamelo todo después’. Mi maridito cachondo me da luz verde.
El polvo brutal y el éxtasis
Noche en la habitación, desnuda solo con perfume. Me masturbo imaginándolo. Mañana, lo rozo con su paquete duro. Tensión insoportable. Vuelta del stand, en el coche me toca el muslo. En la habitación: ‘Voy a por algo’. Entro, él cierra. Manos en mis caderas. Me giro para abofetearlo, pero me agarra, me besa. Resisto… un segundo. Abro la boca, lenguas salvajes.
Desnudos en segundos. Su polla, ¡dios!, gorda, venosa, tiesa como hierro. Me tumba, piernas abiertas. ‘Mírala, Cristina, para tu coño maduro’. Empuja lento, me abre en dos. ‘¡Joder, qué prieta estás!’, gruñe. Yo: ‘¡Más, rómpeme!’. Embiste fuerte, tetas botando, sudor mezclado, olor a sexo crudo. Su aliento caliente en mi cuello, jadeos cortos. Me corro gritando, él sigue machacando mi útero.
Me pone a cuatro, me agarra el pelo. ‘¡Puta casada, te follo como a tu marido no te folla!’. Palmetazo en el culo, entro y salgo su verga enorme. Chorros de mi coño empapan las sábanas. ‘¡Córrete dentro, lléname!’, suplico. Ruge, eyacula caliente, chorros potentes que me queman. Colapso, temblando.
Después, abrazados, sudorosos. ‘Ha sido brutal’, susurro. Él ríe: ‘Mañana repetimos’. Pedro me espera ansioso por detalles. Recuerdo su polla palpitando, mi coño dolorido y feliz. Fatiga dulce, sonrisa pícara. Mañana más feria… y más fuego.