Confesión ardiente: follada salvaje en el bosque militar

Ay, chicas, aún me tiemblan las piernas al recordarlo. Estábamos en pleno ejercicio militar en el bosque del norte, tres días de pura supervivencia. Yo, Carmen, nueva en la academia, cavando un agujero para escondernos con mi compañera Laura. Los pies empapados en las botas, el cuerpo hecho mierda después de 36 horas sin dormir bien. Nos metimos en el hoyo, saco de dormir húmedo pegado a la piel… Frío, hambre, suciedad. Intenté dormir primero, pero el sueño no llegaba. Miré las estrellas a través de las ramas, y de repente… un calor me subió por dentro.

Soñé con un tío fuerte, sus manos en mis nalgas duras de tanto entrenar, mordisqueándome los pezones, bajando hasta mi coño. Me lamía despacio, la lengua caliente abriendo mis labios, chupando el clítoris hasta que gemía bajito. Luego me follaba suave pero firme, su polla llenándome entera. Me despertó Laura para el turno de guardia, jodida de cojones. Me masturbé un rato pensando en Antonio, el guapo de la promo. Dedos fríos en mi coño caliente, masajeando el clítoris, pero no corrí, solo alivio.

La chispa que encendió el fuego

Al día siguiente, me bañé en un riachuelo. Agua helada en la piel desnuda, tetas libres, coño depilado al aire. Los oí hablando cerca, pero seguí estirándome al sol, gotas resbalando por mis muslos. Luego nos cruzamos con Julián y Antonio en el camino. Caminamos juntos, él a mi lado. “¿Estaba buena el agua?”, me soltó con sonrisa pícara. Sabían que me habían visto desnuda. Mi corazón latió fuerte, pezones duros bajo la camiseta sin sujetador.

Subiendo una pendiente, resbalé. Él me pilló, mano en mi teta izquierda, apretando el pezón. Suspiré sin querer. Luego, al enderezarme, me dio una palmada en el culo. “Cuidado, preciosa”. Me mojé al instante, el deseo quemándome. Esa noche, en otro hoyo a cuatro, turno de guardia. Yo temblando de frío, él me despierta acariciándome la mejilla. Me besa helado, luego profundo. Su lengua en mi boca, manos bajando. No pude resistir. La razón se fue a la mierda cuando me sentó entre sus piernas, besándome el cuello, suspiro tras suspiro.

El clímax sin frenos y el dulce agotamiento

Abrí la chaqueta, mano fría en mi teta desnuda. “Sin sujetador, ¿eh? Apurada esta mañana…”. Mordió mi oreja, pellizcando el pezón duro. Intenté girarme, pero me tumbó. Besos en cuello, tetas, vientre. Desabrochó mi cinturón, pantalón abajo. Culotte a medio bajar cuando un ruido… Julián roncando. Suspiramos aliviados. Siguió, lengua en mi pubis, lamiendo mi coño rosado, clítoris hinchado. Ondulaba, mordiéndome labios para no gritar. Me comía el coño como un lobo, jugos chorreando.

Se sacó la polla, dura y gorda. La chupé, lengua en el prepucio, pre-semen salado. La sentí crecer en mi boca, mano en mi nuca. Se retiró jadeando. Me puse a cuatro, pantalón en tobillos, culo en pompa, tetas colgando. Condón puesto, glande frotando mi raja empapada. Entró de golpe, “¡Joder!”, grité bajito. Agarró mis caderas, follando fuerte. Mis tetas rebotando, choques contra el pecho. Paré yo, empalándome, él azotando mi culo rojo. Me corrí temblando, cara en tierra, coño contrayéndose alrededor de su polla. Él eyaculó dentro del condón, claques en mis nalgas.

Me levantó, casi desnuda, polla blanda contra mi muslo. Me besó el cuello sudado, brazos fuertes envolviéndome. Aire frío en mi coño palpitante, culo ardiendo, pero feliz. Fatiga dulce, olor a sexo en la piel. Nos separamos antes del siguiente turno, secreto guardado. Aún siento su calor, chicas. ¿Quién dijo que el ejército es aburrido?

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