Estaba en la habitación de mi abuela en el hospital, oliendo a desinfectante y flores marchitas. Entró él, Philippe, alto, fuerte, con esa mirada que te desnuda. Se inclinó para besar la mejilla de su abuela, justo al lado, y su culo… joder, qué culo marcado en esos pantalones. Mi abuela me miró como si quisiera matarme con los ojos, pero yo ya sentía el calor subiendo por mi coño. Él fingió no notar nada, pero cuando se giró, nuestras miradas chocaron. Un flechazo. Sus ojos bajaron a mis tetas, yo mordí mi labio. ‘Hola’, murmuró, voz grave. Me puse roja, el corazón latiendo fuerte.
Seguí hablando con mi abuela, pero lo pillaba mirándome de reojo. Yo desviaba la vista, juguetona. ‘Punto para mí’, pensé. Salí, él también. En el ascensor, silencio cargado. Olvidó el móvil a propósito, lo sé. Bajé al hall, pasos rápidos, y su mano en mi hombro: ‘Brigitte, lo dejaste arriba’. Su toque quemaba. ‘Gracias… ¿un café para agradecer?’. Dudé, el coño ya palpitando. ‘Vale, ¿por qué no?’. Propuse cena viernes, pero los SMS esa noche lo aceleraron todo. ‘Te deseo’, escribió. Mi piel erizada.
La chispa que enciende el fuego
Al día siguiente, lo vi fuera de mi escuela. Antiguo amor de infancia, ¡la hostia! Me llevó a mi piso en el edificio viejo. Café, charla, risas. La tensión crecía, aire espeso. ‘Quédate a cenar’, dije. Lo atraje, sus labios en los míos, lengua invadiendo. Caímos en el sofá, peignoir abierto, sus manos en mis tetas. ‘Joder, qué suaves’, gruñó. Mi razón se fue a la mierda.
Me empujó al sofá, peinador cayendo. Sus dedos desabrocharon mi sujetador, tetas libres, pezones duros como piedras. Lamía mi cuello, bajando… ‘Lento, amor’, jadeé, pero mi coño chorreaba. Manos en mi tanga, frotando el clítoris. Gemí fuerte. Se arrodilló, tiró la tanga, nariz en mis pelos rojos. ‘Hueles a sexo puro’. Lengua en mi raja, lamiendo jugos. ‘¡Sí, chúpame el coño!’. Dedos dentro, curvados en mi punto G. Ondulaba caderas, sudando. Orgasmos uno tras otro, cuerpo temblando, gritando su nombre.
Explosión de placer sin frenos
Se quitó la ropa, polla tiesa, gruesa, venosa. ‘Fóllame ya’, supliqué. Me penetró despacio, llenándome. ‘¡Qué apretado tu coño!’. Embestidas brutales, piel contra piel, sudor mezclándose. Olía a sexo, a nosotros. Cambiamos: yo encima, cabalgando, tetas botando. ‘Córrete dentro’, grité. Él aceleró, polla hinchándose. Eyaculó chorros calientes, yo explotando otra vez, uñas en su espalda.
Caímos exhaustos, respiraciones entrecortadas. Su piel caliente contra la mía, olor a semen y lavanda. ‘Ha sido… increíble’, susurré, piernas temblando aún. Besos suaves, risas cansadas. Recordaba cada embestida, el sabor de su polla en mi mente. Dos días más follando sin parar, sorpresas, pero esa primera noche… fuego eterno. Ahora planeamos más, mi coño ansía su polla de nuevo.