Confesión ardiente: Perdí el control con varias pollas en un club de Marsella

Era un domingo de finales de verano en Marsella, la noche tan tranquila… La limusina nos llevaba de vuelta del club, mi marido medio dormido a mi lado. Yo, con mi vestido negro ajustado, sin bragas, las piernas abiertas por el cansancio. El chófer… uf, lo pillé mirando por el retrovisor. Cada bache dejaba ver mi coño depilado, mis tetas asomando. Me excitaba, no lo niego. El alcohol, la noche loca… la tensión sexual me quemaba por dentro.

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Al llegar al club exclusivo con mi amiga Laura y su marido Carlos, todo empezó. El vestido se subía solo, mis muslos al aire, el chofer babeando en el trayecto. En el club, Carlos me miró con hambre. ‘Ven conmigo arriba’, me susurró. Mi razón gritaba no, pero mi coño palpitaba. Subí las escaleras, su mano en mi culo. En la habitación privada, me besó con fuerza, su lengua invadiendo mi boca. Olía a deseo, a sudor fresco. ‘Estás empapada’, dijo riendo. Me palpó el coño, resbaladizo. ‘Para tu marido o para amantes?’, preguntó. ‘Primera vez depilada… para impresionar’. Abrí su bragueta, saqué su polla tiesa, media pero dura. La chupé, saboreando el precum salado. ‘Joder, qué bien chupas’. Me subí encima, robe subida a la cintura, empalándome. Su polla entró fácil, mi coño lo tragó entero. Cabalgué fuerte, tetas botando. ‘¿Por qué tan mojada?’ ‘Necesito polla, no aguanto más’. Eyaculó dentro, sin goma, y yo exploté en orgasmo, temblando.

La chispa que encendió todo

No paró ahí. Entró Fred, el cuñado de Laura. ‘Dos pollas para ti, guapa’. Me asusté, ‘Nunca con dos’. Pero su polla en mi boca… la mamé, bolas en la lengua. Fred me folló por detrás, en levrette, su verga gruesa abriendo mi coño. ‘¡Qué apretado, puta! ¿Solo con tu marido?’ ‘Sí… joder, sí’. Me corrí otra vez. Luego, anal: crema, empuje lento. ‘¿Te gusta por el culo?’ ‘Mejor coño… pero sigue’. Doble penetración: Cyril debajo en coño, Fred en culo. Me partían, pollas rozando dentro, sudor goteando, olor a sexo denso. Grité, pero placer brutal. Salieron, me dejaron jadeando. ‘Más… por favor’. Llegó René, el gordo asqueroso del bar. Su polla corta y gorda en mi boca. Me folló misionero, su barriga aplastándome, piel caliente y sudorosa. Aliento rancio, pero mi coño lo quería. ‘Fóllame fuerte’. Me dio duro, godemiché en culo aún. Perdí el control, arañé su grasa, besé su lengua babosa. Orgasmos… uf, el mejor de mi vida, gritando como loca, cuerpo convulso.

Desperté agotada, coño hinchado, lleno de lefa. Siete tíos más tarde: uno en boca rápida, otro anal anónimo, un chaval virgen que le enseñé, un árabe bestial con polla enorme en la mezzanine, follándome contra la barandilla. ‘Trucha europea, te lleno el vientre’. Eyaculó dentro, yo corriéndome a chorros. Mi marido vio el DVD que me dio Laura. Me confesé todo, llorando de vergüenza… pero feliz. ‘Me encanta el sexo salvaje, Pablo. Fue brutal, pero lo repetiría’. Él me miró, polla dura. Ahora, el recuerdo quema: pieles calientes, pollas palpitantes, mi sumisión total. Fatiga dulce, deseo eterno.

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