Confesión: Le chupé la polla al poli que me arrestó borracha

Ay, Dios… Aún me tiemblan las piernas al recordarlo. Me llamo Elena, tengo 19 años, soy estudiante y… bisexual total. Esa noche salí de fiesta, me pasé con los chupitos y acabé follando en la calle con unos tíos. La poli me pilló, claro. Me llevaron al commissariat hecha un mar de alcohol y deseo. Olía a vodka y a mi coño mojado.

El agente, un tipo serio, unos 35, me miró con cara de asco. ‘¿Nombre?’, dijo seco. ‘Elena Soto’, balbuceé, con la boca pastosa. Me pidió la edad, los papeles… Todo formal. Pero yo… yo estaba ardiendo. ‘¿Profesión?’, ‘Estudiante’. Y luego, con una sonrisa pícara: ‘Señales particulares… tengo unas tetas enormes’. Él levantó la vista, frunció el ceño. ‘No bromees, niña’. Pero sus ojos se clavaron en mi escote. Lo noté. Su aliento se aceleró un poco.

La tensión que me quemaba por dentro

Seguí provocándolo. ‘Soy bi, ¿sabes?’. Suspiró, pero no me quitaba ojo. Hablamos de los cargos: exhibitionismo, escándalo público… ‘Les ofrecí una mamada para no venir aquí’, admití riendo. ‘¡Quiero un abogado!’, dije. ‘Lo pago en natura’. Se puso rojo. ‘¡Basta!’. Pero yo vi cómo se movía en su silla. ‘¿Te excito, agente?’. No me miró. ‘No soy inspector’. Insistí: ‘Mírame al menos’. Levantó la cabeza… y yo ya tenía la camiseta subida, mis tetas gordas al aire, pezones duros como piedras. Se quedó hipnotizado. Las meneé un poco, pesadas, calientes. ‘¿Has visto unas así de bonitas?’.

La tensión era insoportable. Mi coño chorreaba, olía a sexo en el aire. Él tragó saliva, ojos fijos en mis pechos. Bajé la camiseta, pero lamí el bolígrafo lento, mirándolo. ‘Mmm… me encanta chupar cosas largas y duras’. Su polla se marcaba bajo el uniforme. Dudó, pero yo lo tenía. ‘¿Nada que pueda hacer para salir de aquí?’, susurré. Se levantó de golpe, me agarró… y sacó la verga. Gruesa, venosa, ya medio tiesa. Olía a hombre, a sudor. Mi razón voló. El deseo me controlaba.

El polvo oral más sucio y adictivo

Me arrodillé sin pensarlo. La cogí con la mano, piel caliente, palpitante. La masturbe despacio, sintiendo cómo crecía, endureciéndose en mi palma. ‘Joder, qué polla más rica’, gemí. Él jadeaba, manos en mi cabeza. Acaricié sus huevos, pesados, llenos. Los masajeé suave, mientras subía y bajaba la piel. Abrí la boca, lengua fuera, lamí el glande rojo, salado de precum. Mmm… sabor fuerte, adictivo. Me la metí entera, labios apretados, hasta la garganta. Chupé fuerte, aspirando, lengua girando alrededor del tronco.

Él gruñó: ‘Joder, sí… así’. Hice vaivenes rápidos, saliva chorreando, polla empapada. La saqué, la escupí, la volví a tragar profunda. Oía su respiración entrecortada, el calor de su piel en mi cara. Jugaba con los huevos, apretando suave, mientras mi boca la follaba sin piedad. Estaba a punto, venas hinchadas, glande enorme. Pero… la puerta se abrió. Una secretaria entró, nos vio. Él se ablandó un poco, pero yo no solté. Seguí chupando, mirándola desafiante. Ella sonrió y se fue.

Él se apartó, rojo de vergüenza. ‘¡Cállate, puta!’, gritó, guardándose la polla. Me metió en el calabozo. ‘Para que te calmes, borracha’. Me tumbé en el banco, sola, visión borrosa. Lágrimas… pero no de pena. De puro subidón. Mi boca aún sabía a su verga, coño palpitando. Me toqué disimulada, recordando cada pulgada, el calor, los gemidos. Fatiga feliz, cuerpo pesado de placer. Mañana saldré, pero este recuerdo… me quema. Quiero más. Siempre quiero más.

Leave a Comment