Lo vi y supe que era él. Elegante, con ese aire de hombre maduro que me pone. Un poco mayor, pero qué importa. Di la vuelta a la mesa, me acerqué despacio. Él me miró venir, con una sonrisa juguetona en los labios.
—Estás aún más sexy sin la muleta —susurré, casi rozándolo.
La chispa que encendió el fuego
—¿Te operaste…? ¿Y cómo lo sabes?
—Tu foto en la app. La tenías en la mano.
Sonrió de verdad, con picardía. Sus ojos negros me clavaban.
—¿Tenía qué? —preguntó con voz ronca.
Lo miré fijo, mordiéndome el labio.
—¿Cuál es tu nombre? Ni me lo dijiste…
—Greg.
—Mmm, suena guay. Guay pero con clase. Me gusta.
—¿Y tú?
—Yo… no tengo diminutivo.
—¿Ninguno?
—Todavía no…
Me miró en silencio, intenso. El aire se cargaba de electricidad.
—Vale, pero no puedo follarme a una mujer sin nombre —dijo al fin.
—Llámame ‘sin nombre’ entonces.
—Necesitas algo fuerte. ¿Carmen?
Puse los ojos en blanco.
—Feo de cojones.
Estaba ya pegada a él. Nos mirábamos sin parpadear.
—¿De verdad ‘sin nombre’? —murmuró.
—Mejor ven y cógeme sin decir nada.
Sus ojos ardían como brasas. Tomó mi mano lento, me atrajo. Me senté a horcajadas sobre él, abriendo las piernas. Mi falda roja se abrió, pegué mi vientre al suyo. Él gimió ronco.
—Hueles jodidamente bien… Te llamaré Rosa, ¿vale?
Asentí, pensativa.
—Venga, Greg.
Me incliné, labios a milímetros. Su aliento se cortó. Sentía su calor, su olor a hombre, la promesa de su boca dulce… Sonreí y me levanté de golpe.
—Ven.
Lo arrastré al salón a oscuras. Me tiré en el sofá, abrí las piernas. Él se arrodilló, mirándome los ojos. Sus manos subieron por mis muslos, piel suave y caliente. Gemí bajito, arqueando la espalda. Mis tetas subían y bajaban rápido.
Su polla debía estar dura como piedra en el calzoncillo. Inspiró hondo, besó mis muslos hasta el tanga rojo de encaje. Vi el triángulo de mi pelo a través. Lo bajó despacio, lamiendo mi coño por encima. Ondulé, jadeando. Él gruñó y hundió la cara, lengua profunda en mis labios mojados.
Explosión de placer sin frenos
—¡Sí!
Lamía como loco, dedos clavados en mis carnes. Me corrí empujándolo, abriendo mi blusa, tetas fuera, duras de deseo. Él las devoró, besándome la boca hasta ahogarnos.
Metí mano en su pantalón, agarré esa polla gruesa, la apreté. La arrancó el tanga, abrió mi falda del todo, besó cada centímetro. Yo me retorcía, masturbándolo furiosa. Él se corrió casi, se apartó, se desnudó. Cayó sobre mí, piernas alrededor, me folló profundo, boca en la mía, embistes rápidos.
Gimí, caderas arriba. Ritmo salvaje, sudor, olor a sexo. Él explotó dentro con un grito, yo me corrí apretándolo, cuerpo tenso.
—Joder, ha sido brutal… —jadeé después.
Groño afirmativo, cara en mi cuello. Nos quedamos así, pegados.
—Eres una puta diosa follando —murmuró emocionado.
Sonreí. Beso tierno, luego se retiró de golpe, se vistió. Lo miré.
—¿Te quedas esta noche?
Miró la ventana, noche cayendo, estrellas saliendo.
—No sería listo.
—Quiero más de ti…
Silueta oscura en la penumbra. Yo desnuda en el sofá, piernas abiertas, piel brillando. Él me devoraba con la mirada. Sus arrugas, pelo plateado, boca sensual… Me volvía loca.
—Ven… —susurré.
Se acercó, rozó mis tetas con el dorso de la mano. Gemí, cerré ojos, pecho arriba. Lamió mi boca, mejillas, cuello, pezones duros. Chupó fuerte, lengua en areolas. Bajó, dedos abriendo mi coño húmedo, boca caliente lamiendo.
Abrí más piernas, mano en boca. Su lengua giraba en mi clítoris, yo me tocaba las tetas, ojos cerrados. Él jadeaba contra mi piel, mi coño palpitaba.
No necesitaba viagra; yo lo ponía a tope. Jugó con mi clítoris voraz, luego se puso encima en 69. Agarré su polla, la tragué profunda. Él tembló, lamió más fuerte. Mi pierna en su nuca, follándole la boca con mi coño.
Casi se corre en mi garganta. Se apartó, me volteó, me folló el culo lento. Bragueta fría contra muslos, polla caliente dentro. Aceleró, yo sudando, gimiendo, uñas en el sofá. Pesaba sobre mí, embistes violentos.
—¡Oh sí!
Manos en mis tetas, follándome profundo. Se retiró, me puso de misionero plegado, polla en coño de un golpe. Houle lenta, pieles pegadas. Bajé su pantalón, tocando su vientre.
Arqueé espalda, mordiendo mano: ¡Sí! ¡Sí! Se retiró, me tiró al suelo boca abajo, folló mi culo otra vez. Grité, cabré, él aplastó mi clítoris. Explosión, temblé, orgasmo brutal.
Quedó encima, exhausto, respirando hondo. Me giré, lo miré tierna. Ojos brillando en la oscuridad.
—Menuda polla y salud, Greg… —ronca.
Rió.
—¿Ahora te digo mi nombre?
—Quizá la próxima…
—¿Habrá próxima?
Reí fuerte, levantándome.
—¿Crees que dejo escapar a quien me folla así? Oh, Greg…