Confesión ardiente: cómo un labrador me llevó a follar como loca esa noche

Eran las siete y pico, Plaza Nueva en Bilbao. Caminaba cabreada, dejando atrás el coche de ese idiota de mi ex. La puerta se abrió mientras rodaba lento, grité un par de tacos y salí disparada. Casi me caigo, pero él paró. ‘¡Vuelve, joder!’, berreaba el capullo. Ni le miré. Solo quería alejarme. Mis tacones resonaban en el adoquinado, la falda corta me rozaba los muslos, sudada de rabia.

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Dos metros delante, un tío con un labrador enorme se paró. Omer, se llamaba el perro. Curiosa, seguí andando. El ex aceleró, gritó más gilipolleces. Aparcó y bajó corriendo. ‘¡Para de hacer el idiota!’. Nadie se metía. Yo aceleré hacia la plaza. Me senté en un banco, temblando. Lágrimas picaban, saqué el paquete de tabaco. Nada de fuego.

La chispa que encendió el fuego

El del perro se acercó. ‘¿Quieres pañuelos?’, sonrisa torpe. Le miré atónita. ‘No, cigarrillos buscaba’. Se sonrojó, guardó los kleenex. Iba a irse cuando… ‘¿Fuego?’. ‘No fumo’. ‘Da igual’. Se quedó. ‘¿Estás bien?’. Dudé. ‘Sí, gracias’. ‘Bonito perro’. ‘Omer’. Reí. ‘¿Como en Los Simpsons?’. Caímos en charla. Él, periodista, divorciado, 35 tacos. Yo, estudiante, 23, de Bilbao. El perro lamió mi mano, baboso.

Sus ojos bajaban a mis piernas. La falda subía sola. ‘¿Un café?’. Allí mismo, terraza. Hablamos. Su ex se fue por los partidos. Yo largué del mío: ‘Un crío inmaduro’. Reímos. ‘Los de 35 sois perfectos’. Me picó. Tensión crecía. Miradas largas, roces. ‘¿Cena?’. Indio en el Casco Viejo. Curry picante, vino. Sus manos rozaban las mías. ‘¿Qué lees?’. ‘Polars’. ‘Muéstrame tu colección’. Guiño. Sonreí coqueta. ‘Tengo ganas de verla…’.

Servidor pasó. Reímos. Me incliné: ‘¿No quieres mostrármela?’. Sus ojos se abrieron. Beso. Lenguas torpes, luego fieras. Calor en la boca, su aliento a especias. ‘Vámonos’. Caminata rápida a su piso. Noche fresca, pero ardíamos.

El clímax salvaje y el dulce agotamiento

Puerta cierra. Me arranco la blusa. Él, sobre mí. Besos salvajes, lengua en mi cuello, olor a su piel salada. ‘El perro…’. Omer nos miraba, babeando. ‘¡A tu sitio!’. Se fue gruñendo. Vuelta al lío. Manos por todas partes. Le bajo el pantalón: polla dura, gruesa, palpitante. ‘¡Joder, qué pasada!’. La agarro, masturbo fuerte. ‘Suave, coño’. ‘Lo quiero ya’.

Desnuda. Sus tetas firmes, pezones duros como piedras. Los chupa, muerde. Gimo. Coño empapado, clítoris hinchado. Dedos suyos dentro, resbaladizos. ‘Estás chorreando’. ‘Fóllame’. Condón. Me lo pone, experta. Me abre piernas. Polla en la entrada, caliente, mojada. Empuja lento. ‘¡Ahhh!’. Llena, estira mi coño apretado. Ritmo crece. Sus embestidas profundas, huevos chocan. Uñas en su culo, araño. ‘¡Más fuerte! ¡Sí, joder!’. Sudor gotea, pieles pegan. Olor a sexo crudo, muslo sudoroso, coño chupado.

Grito: ‘¡Me corro! ¡Ohhh!’. Él aprieta, gruñe. Viene dentro, capote lleno. Tiembla encima. Minutos jadeando, pegados.

Ducha caliente, cama. Dormimos abrazados. Mañana, tranvía. ‘¿Nos vemos?’. ‘Llámame’. Se va. No dio número. Río sola. Fue un polvo brutal, libérame de tensiones. Su polla aún la siento. Calor, olor, gemidos… Quemará siempre.

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