Ay, chicas, aún tiemblo al recordarlo. Fue en esa fiesta loca en casa de mis padres, los Capulet. Verona bullía de calor esa noche, y el aire olía a sudor y lujuria. Tenía 18, llena de curvas, mi coño palpitando por algo prohibido. Entró él, Romeo, el Montesco de 19, ese cabrón arrogante con ojos que te follan antes de tocarte. Nuestras familias se odiaban, rixas antiguas, pero joder, cuando nuestras miradas chocaron… uf. Me miró como si ya me estuviera abriendo las piernas.
Estábamos en la plaza, música retumbando, cuerpos rozándose. Él se acercó, su aliento caliente en mi cuello. ‘Julieta, ¿por qué un Capuleto como tú me pone la polla tan dura?’, susurró, su mano rozando mi culo. Yo… dios, mi clítoris se hinchó al instante. ‘Cállate, enemigo, o te mato… o te follo’, le dije, voz temblorosa. La tensión crecía, insoportable. Sus dedos se colaron bajo mi falda, rozando mi tanga empapada. Olía a mi coño mojado, a su verga erecta presionando contra mí. La razón… puff, se fue a la mierda. Nos escabullimos al balcón, sombras cubriéndonos, corazones latiendo como tambores.
La chispa que nos encendió
No aguanté más. Lo empujé contra la pared, le bajé los pantalones. Su polla saltó, gruesa, venosa, goteando precum. ‘¡Joder, qué pedazo de verga!’, gemí, arrodillándome. La chupé con hambre, lengua lamiendo el glande, bolas pesadas en mi mano. Él jadeaba, ‘¡Sí, puta Capuleto, trágatela toda!’. Me levantó, me arrancó la ropa. Mi coño chorreaba, labios hinchados. Me penetró de un golpe, ¡ahhh!, llenándome hasta el fondo. Follando como animales, salvaje. Sus embestidas brutales, polla golpeando mi cervix, mis tetas rebotando. ‘¡Más fuerte, cabrón! ¡Rompe mi coño!’, gritaba yo, uñas en su espalda. Sudor mezclado, olor a sexo puro, coño y polla chocando con sonidos chapoteantes. Me dio la vuelta, me folló por detrás, mano en mi garganta, otra en mi clítoris. Orgasmos explotando, yo squirteando en sus huevos, él gruñendo como bestia.
Me corrió dentro, semen caliente inundándome, goteando por mis muslos. Colapsamos, exhaustos, piel pegajosa, respiraciones entrecortadas. ‘Eres mi adicción, Julieta’, murmuró, besando mi cuello salado. Yo, riendo bajito, ‘Y tú mi ruina deliciosa’. La fatigue feliz nos envolvió, cuerpos entrelazados bajo las estrellas de Verona. Aún siento su polla palpitando en mí, el ardor en mi coño marcado. Fue pasión total, sin tabúes. ¿Volvería a hacerlo? En un segundo. Mi secreto quema, chicas, pero lo vivo al 100%.