Dios, no sabes lo que pasó anoche. Justine tenía siete meses, dormía como un angelito en su cuna. Jérôme se había ido al estudio en Toulouse, y Solange y yo nos quedamos solas en la casa. Yo andaba frustrada, cabreada. Mi hombre me mimaba demasiado, me daba palmaditas suaves en las nalgas, pero nada de eso que me ponía a mil. ‘Son preciosas’, me decía, pero yo quería fuego, quería que me doliera rico, que me dejaran el culo rojo. Se lo conté a Solange una tarde, bajito, mientras lavábamos platos. Ella sonrió con esa mirada pícara, ‘Mi chiquita, no te preocupes. Cuando la niña duerma, te arreglo yo eso’.
El viernes llegó, Jérôme se fue temprano. Cenamos, Justine se durmió. Yo sentía el coño húmedo solo de pensarlo. Solange me miró desde el sofá, con su libro en la mano. ‘Ven aquí, cariño’. Dudé un segundo, el corazón latiéndome fuerte. ‘Solange, no sé si… con la niña aquí…’. Pero ella insistió, suave pero firme. ‘Shh, confía en mí. Solo un ratito’. Me senté en sus rodillas, como siempre. Su mano subió por mi falda, rozando mis muslos. La piel se me erizó. Olía a su perfume, mezclado con ese aroma nuestro, de sudor y deseo. Empecé a moverme, restregándome contra ella. ‘Ay, Solange… hazlo, por favor’. La tensión era insoportable, mi clítoris palpitaba, el culo me picaba de ganas. La razón se fue a la mierda cuando me volteó sobre sus piernas, falda arriba, bragas abajo. ‘Prepárate, guarra’, murmuró, y la primera nalgada cayó.