Confesión ardiente: Mi noche de sexo salvaje con Sidonie, la vecina desnuda

Llegué a ese pueblo perdido cerca de Lyon, huyendo de mi mierda de vida. Dos semanas de paz en una casa familiar prestada por una amiga. Todo calmado, la gente se iba a trabajar y volvía para encerrarse. Pero ahí estaba ella, Sidonie, la única joven loca del barrio. La vi el primer día, cruzando la calle, con un vestido ajustado que marcaba sus curvas. ‘¿Nuevo por aquí?’, me dijo con una sonrisa pícara. Le conté mi rollo, y ella, ‘¿Solo quince días? Qué pena…’. Esa voz, suave pero cargada, me erizó la piel.

Esa noche, paseando, vi siluetas tras sus cortinas. Desnuda. Sus tetas perfectas, el culo redondo moviéndose libre. Mi coño se mojó al instante. Nuestros jardines colindaban, ronces por medio. Me colé, corazón latiendo fuerte. Ahí estaba, Sidonie, caminando en pelotas por la casa. Ningún vecino cerca, no se cortaba. Mi clítoris palpitaba, olía a deseo. Me subí la falda, me toqué pensando en ese culo. Pero quise más. Di la vuelta, llamé a la puerta pidiendo… ¿sal? Nada. La puerta trasera cedió. Entré. Escaleras arriba, luz bajo una puerta. Me agaché, miré por la cerradura. ¡Joder! Sidonie doblada sobre la cama, libro en mano, dedos hundidos en su coño depilado. Gemía bajito, el culo en pompa, perfecto. Vi su orgasmo: espasmos, gritos ahogados, jugos chorreando. Me abrí el pantalón, me masturbé furiosa. Casi me corro ahí. Salí corriendo, polla… espera, mi coño ardiendo, llegué a casa y me corrí tres veces imaginando lamerla.

La chispa que encendió el fuego y la tensión que me volvió loca

Días sin verla, me volvía loca. Sonido en la puerta una mañana. Desnuda bajo la sábana, bajé con una toalla. ¡Sidonie! ‘Café?’, balbuceé. Se entró, toalla cayó. Mi coño expuesto, tetas al aire. ‘Yo también ando desnuda en casa’, rió. Charlamos así, natural. Me invitó esa noche. Nervios todo el día.

Llegué a las siete, con miel de castaño en un paquete, bajo un impermeable ridículo por el calor. Entré, ella con flores. ‘Quítatelo todo, ponte cómodo’. Me lo quité, desnuda total. Se rio, ‘¡Qué buena idea!’. Mi coño ya chorreaba. Hicimos ramos, ella desnuda ahora, acariciándome el culo, las tetas, la polla… no, mi clítoris. Yo igual, manos en su piel caliente, sudorosa. Olor a flores y sexo flotando. Cena: caricias constantes, le chupé los pezones duros mientras servía vino.

‘Dessert’, dijo. Limpié la mesa, ella sentada, mamándome el coño cada vez que pasaba. ‘Trae la miel’. Me tumbó en la mesa, untó mi coño entero. ‘Mmm’, lamió lento, lengua en mi ano, miel goteando. Gemí fuerte, ‘¡Joder, Sidonie!’. Aceleró, dedos en mi culo, lengua en el clítoris. Me corrí gritando, chorros en su boca, slurp slurp devorando todo.

El sexo crudo, el clímax brutal y el después inolvidable

Mi turno. Miel en sus tetas, vientre, coño. La devoré: lengua en sus labios hinchados, nariz en su pubis húmedo. ‘¡Más profundo!’, ordenó. Dedos en su culo, lengua follándola. Se puso a cuatro, ‘Entra’. Mi lengua primero, luego un dedo con miel. Groñó, empujó. ‘¡La polla no, el culo!’. Espera, yo soy mujer… juguete improvisado? No, nos frotamos clítoris, pero ella guió mi mano a su ano. Follé su culo con dedos, ella se corrió temblando.

Luego, ella me montó, coños frotándose salvajes, sudor, olor a sexo intenso. Cambiamos: 69, lenguas en anos, dedos en coños. ‘¡Culo otra vez!’, gritó. Nos corrimos juntas, cuerpos pegados, jadeos, risas locas. La mesa se movió metros.

Caímos al suelo, exhaustas, riendo. Besos pegajosos de miel y corrida. No sé cómo volví a casa. Dos días zombi, cuerpo dolorido pero feliz. La vi después, como si nada. ‘Fue brutal, pero cuando me apetece, ya está’. En los días que quedé, dos polvos más: una vez me echó desnuda, otra follamos suave. Su culo, su coño, grabados en mí. Aún me mojo recordándolo.

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