Confesión ardiente: Mi polvo inolvidable con el técnico del lavavajillas

Hace más de veinte años, tenía unos 75. Viuda desde hacía casi dos décadas, sola en mi casita de campo. Mi lavavajillas encastrado se jodió, llamé al técnico. Llegó él, un chaval de unos 25, fuerte, con manos hábiles. Me cayó bien su sonrisa pícara.

Lo mandé a la cocina. Se tumbó en el suelo para arreglarlo, sudando un poco. Yo, con mi bata ligera, andaba por allí. ‘Perdón’, dije, tropezando con sus piernas. Pero no era accidente. Me coloqué a horcajadas sobre las suyas, junto al horno. Sentía su calor subiendo.

La chispa que enciende el fuego

Él se movió, miró debajo. Vi sus ojos clavados en mis muslos, mis nalgas al aire. Nada de bragas. Me excité. Volvió a mirar varias veces. ‘Cuidado, señora, la puedo herir’, murmuró. Yo, con voz ronca: ‘Si me hieres, me curas tú mismo, guapo’. Mi coño ya picaba, húmedo.

Siguió trabajando. Salió por fin, y ahí estaba yo, sentada en la silla frente a él, bata abierta, piernas entreabiertas. Mi sexo grisáceo, poco velludo, a la vista. ‘¿Qué te parece el espectáculo, chaval? ¿Buena propina?’, le solté. Se puso rojo, pero su polla… ay, se marcaba dura en el pantalón. ‘Mamá, abuela, bisabuela… pero sigo viva. ¿Me deseas aún?’, pregunté, oliendo mi propia excitación en el aire.

Se acercó de rodillas. Desabotonó la bata desde abajo. Mi barriga grande, mi coño maduro expuesto. Arriba, mis tetas en el sujetador bordado, pezones como pulgares duros. Empezó a manosearlas, chuparlas. ‘Mmm, qué ricas’, jadeó. Lamía, mordisqueaba. Mi piel arrugada ardía bajo su lengua caliente.

Bajó, acarició mis muslos gordos. Los abrí un poco. Su aliento en mi chochito. Empezó el lengüetazo largo, lamiendo labios, clítoris. ‘¡Dios!’, gemí. Mi vientre se movía solo, empujando contra su boca. Metió dedos, primero uno, luego dos en mi coño chorreante. Intentó el culo, pero lo paré: ‘No, eso no’. Volvió al coño, follando con dedos. Orgasmo brutal: grité, temblé, jugos por su cara.

El clímax brutal y el eco del placer

Hora apurada, se fue prometiendo volver. Yo, jadeante, feliz. Él, con la verga a reventar.

Esa noche, llegó. Directo al sofá. Nuevo cunnilingus, su lengua experta. ‘¡Más profundo!’, supliqué. Me llevó a la cama. Me tumbé, piernas abiertas como nunca. Su polla gorda entró de golpe. ‘¡Fóllame fuerte!’, chillé. Embistió, piel contra piel sudorosa, olor a sexo puro. Mis tetas botando, su aliento corto en mi cuello.

Grité mi orgasmo, él se corrió dentro, caliente. Nos quedamos jadeando, pegados. ‘Nunca me folló así mi marido’, confesé después, acariciándole la polla floja. Me negué a mamarla: ‘Eso no lo he hecho nunca’. Solo paja suave.

Se excitó otra vez. La puse a cuatro patas. Polla en mi coño desde atrás, nalgadas. Tardo, pero exploté: ‘¡Sí, joder, sí!’. Él conmigo, semen goteando.

Hablamos horas. Mi vida frustrada, marido soso, un amante rural de joven. Educación de los 30, tabúes. Volvió tres, cuatro veces. Siempre coño, nunca boca ni culo. Luego, caída, hospital. La visité, pero se fue. Casa en venta. No amor, pero le di placer verdadero. Y yo… reviví. Su polla dura aún me moja los sueños.

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