Confesión ardiente: La viuda que me hizo correrme como nunca

Chica, tengo que contártelo todo. Sergio y yo nos vemos cuando podemos, folladas rápidas en su piso o el mío. Ese día quedamos en El Rincón de las Pucelas, ese tugurio con nombre cachondo. Venía de un viaje largo por Asia, con ganas de empotrarme contra la pared. Llegué temprano, empapada solo de pensarlo. Pero me llama: ‘Cariño, trabajo, imposible’. Me jodí, pedí una ensalada y me largué, dejando su sobre gordo con cartas eróticas. ¡Mis cojones! Al llegar a casa, me di cuenta. Volví corriendo.

El sitio estaba a reventar. Mi mesa, ocupada por ella. Vestida de negro total, cara pálida, ojos enormes y tristes. Hojeaba mis cartas, las de Sergio contándome cómo me follaría. Me acerqué furiosa: ‘¡Eso es mío!’. Ella saltó, tartamudeó: ‘Eh… lo abrí para devolverlo. Perdón’. Y zas, lágrimas gordas rodando por sus mejillas. Me miró suplicante, agarró mi mano con fuerza helada y me sentó frente a ella. ‘Vengo del cementerio, mi amante… muerto’. Temblaba. Su piel fría, pero sus ojos… uf, profundos, negros como el abismo.

La chispa inicial y la tensión que me quemaba

La invité a mi piso, a dos pasos. Se agarró a mi brazo, la arrastré. En casa, café fuerte y Chartreuse verde, amargo y dulce, como pedí. ‘Sí, por favor’, susurró. Sus ojos me devoraban mientras preparaba. Luz entrando por las cristaleras, su mirada indecente en mis tetas, mi culo. Me tendió la taza: ‘Gracias… eres como la hermana que nunca tuve. Me atraes tanto…’. Emocionada, me acerqué, le acaricié el pelo largo, negro. Olía a jazmín y algo épico, animal. Secándole lágrimas, su sonrisa triste me derritió. Nos miramos… minutos eternos. Sus pechos subiendo rápido, mi respiración igual. Labios rojos entreabiertos, palpitando.

El aire espeso, caliente. Mi coño chorreaba, notaba la humedad en las bragas. Ella se recostó como odalisca, falda negra subiendo, piernas largas. ‘No aguanto más’, murmuré. Extendí la mano, la suya vino al encuentro. Nuestros dedos se rozaron… chispa eléctrica. ‘Tócame’, jadeó. La razón saltó por la ventana. La besé salvaje, lenguas enredadas, sabor a Chartreuse y sal de lágrimas. Sus manos en mis tetas, apretando pezones duros. ‘Quítate eso’, gruñí, arrancándole el vestido. Tetas firmes, pezones oscuros erectos. Bajé, lamí su cuello, mordí suave.

El polvo brutal y el éxtasis compartido

La tiré al sofá, abrí sus piernas. Su coño depilado, hinchado, mojado brillante. ‘¡Joder, qué rico!’, olía a sexo puro, almizcle. Metí lengua, chupé clítoris hinchado. ‘¡Ahhh, sí, no pares!’, gemía, caderas arqueadas. Dos dedos dentro, su coño apretado, caliente, succionando. ‘Me corro… ¡fóllame más!’. Chorros en mi boca, orgasmo brutal, temblando. Me volteó: ‘Ahora tú’. Bragas fuera, mi coño peludo abierto. Lamía como loca, lengua en mi agujero, dedos frotando clítoris. ‘¡Dios, tu coño sabe a miel!’, jadeaba. Me corrí gritando, piernas flojas.

No paramos. 69, coños en caras, lamiendo furiosas. Sus jugos en mi barbilla, yo restregando mi chocho en su boca. Dedos en culos, tres cada una, follándonos anal y vaginal. ‘¡Más profundo, puta!’, chillaba. Orgasmo doble, cuerpos convulsionando, sudor mezclado. Sudorosas, pegajosas, olía a sexo everywhere.

Al final, exhaustas, abrazadas. ‘Ha sido… increíble’, susurró, besándome suave. Se vistió, lágrimas secas ahora de placer. ‘No nos veamos más, esto es perfecto así’. Se fue, puerta cerrada. Yo, tumbada, coño palpitando, sonrisa boba. Recuerdo su sabor, su olor, cómo me rompió. Aún me mojo pensándolo. Besos, amiga.

Leave a Comment