Ay, chicas, aún me tiemblan las piernas recordándolo. Esta mañana en el chalet, con Julia en el sofá por su tobillo torcido, yo me quedé con ella. Charles quería quedarse también, el pobre, pero lo eché con una sonrisa pícara. ‘Vete a esquiar, que aquí estoy yo para cuidarla’, le dije. Se fue refunfuñando, pero antes… uf, antes le di una lección que no olvidará.
Entré en su habitación sin llamar, cerré con pestillo. Él estaba ahí, medio desnudo, poniéndose los pantalones después de la ducha. Olía a jabón fresco mezclado con ese aroma masculino que me pone loca. ‘¿Qué haces?’, balbuceó, sorprendido. No le contesté. Me arrodillé delante de él, tan cerca que sentía el calor de su piel en mi cara. ‘Quiero verte pajearte, Charles. Desnúdate del todo’.
La chispa que encendió el fuego
Se quedó tieso, eh… pero su verga ya empezaba a moverse bajo el bóxer. La bajó despacio, y joder, qué pedazo de polla. Gruesa, venosa, con el capullo rosado asomando. Empezó a mover la mano, tímido, mirándome con esos ojos de cachorro. ‘Más rápido, amor, enséñame cómo te gusta’. Pero le costaba, se notaba la vergüenza. ‘Espera, te ayudo’, susurré, escupiendo en mis palmas. Agarré su tronco caliente, resbaladizo, y empecé a subir y bajar. Dios, latía como un corazón en mi mano.
‘¿Te gusta, eh? Dime’, le pregunté con voz ronca, guiando su mano sobre la mía. Se endureció al instante, pasando de semi a una vara de acero. El olor a sexo empezaba a llenar la habitación, ese almizcle salado que me moja el coño. La tensión era insoportable. Mi respiración agitada, su pecho subiendo y bajando rápido. Yo quería más, necesitaba que la razón saltara por la ventana. ‘Sigue tú solo ahora. Quiero verte correrte en mis tetas’. Me quité la camiseta de un tirón, dejando mis pechos al aire. Grandes, firmes, pezones duros como piedras.
Él se masturbaba furioso, ojos clavados en mí mientras me masajeaba las tetas. ‘Joder, Charles, qué polla más impresionante. ¿Te tocas mucho pensando en mí?’. Gemía bajito, ‘Sí… sí, puta madre’. La vena principal palpitaba, el prepucio subiendo y bajando sobre el glande hinchado. Yo me mordía el labio, coño chorreando dentro de las bragas. La razón… pah, se fue al carajo cuando vi su cara de placer animal.
El éxtasis sin control y el dulce bajón
De repente, gruñó: ‘Me vengo… ¡ahhh!’. La primera chorreada salió como un latigazo, cremosa y espesa, salpicando mi escote. Otra, y otra, cinco o seis jetas calientes que resbalaban por mis tetas, juntándose en el valle, bajando lentas hacia mi ombligo. Olía a semen fresco, pegajoso, caliente sobre mi piel. Recogí la última gota del meato con la lengua, salada, espesa. Su verga aún temblaba, escupiendo restos.
Me levanté sin decir nada, tetas brillantes de su lechada, y salí de la habitación. Él petrificado, ‘¡Espera, te van a ver!’. Pero yo… yo corrí a mi baño, me miré en el espejo. Esas gotas blancas en mi piel, calientes aún. Me masturbé de pie, frotando mi clítoris hinchado, untándome su corrida por las tetas. ‘Joder, qué rico’, gemí, mientras corrían espasmos por mi coño. Eyaculé fuerte, piernas flojas, jadeando.
Ahora, agotada y feliz, sonrío recordando. Ese sabor en mi boca, el calor pegajoso secándose. Charles es un buen candidato para mi primera vez. Pero necesita más lecciones. Y yo… yo vivo mis deseos sin frenos. ¿Quién quiere más confesiones?