Dios, aún tiemblo al recordarlo. Tengo 28 años, fotógrafa aficionada en un pueblo pequeño. Mi pasión es la cámara, pero… hay algo más oscuro. El voyeurismo me consume desde hace años. Vivo en un segundo piso con vistas a la piscina del polideportivo. De mi balcón, con mi telescopio, veo todo: tetas al aire, culos depilados asomando de bikinis. Me desnudo, me toco pensando que ellas saben que las miro.
Pero esta vez fue diferente. Invité a mis amigos Pablo y Lucía a pasar el fin de semana. Lucía es una mulata preciosa, cuerpo felino, tetas firmes que piden ser chupadas. Pablo, su novio, un tipo normalito pero con pinta de tener algo grande ahí abajo. Esa noche puse la cámara en el baño, escondida en un cajón falso que solo yo abro. Corazón latiendo fuerte, sudando. Me fui a mi cuarto, nerviosa, esperando.
La chispa que encendió todo
Al día siguiente, fingí ir a comprar y los dejé solos. Volví corriendo, saqué la cinta. Tres horas de grabación. Entró Lucía primero, se cepilló los dientes. Se quitó la camisola… uf, piel cobriza brillante, pezones oscuros y duros, coñito rasurado perfecto, culo redondo y musculoso. Olía a su crema, dulce, en mi mente. Entonces entró Pablo, en slip. Se lo bajó y… ¡joder! Una polla gorda, venosa, tiesa como una barra.
La tensión me ahogaba. Me senté en la cama, desnuda, piernas abiertas. Empecé a tocarme el clítoris, lento, mientras veía. Lucía se frotó contra él, gimiendo bajito. ‘¿Qué pasa, amor?’, dijo él, besándole el cuello. Sus manos en esas tetas… yo jadeaba ya, mi coño empapado, dedos resbalando.
No aguanté más. La razón se fue a la mierda. ‘Fóllala ya’, susurré a la pantalla. Pablo la giró, le metió un dedo en el coño. Ella chilló: ‘¡Sí, joder, estoy chorreando!’. Se arrodilló en la bañera, él se lavó la polla y se la metió en la boca. La chupaba como una puta, saliva goteando, lengua lamiendo las bolas. Yo me metí tres dedos, bombeando fuerte, oliendo mi propio sexo, caliente y almizclado.
El clímax brutal y sin frenos
Luego él la puso contra el lavabo, de espaldas. Vio su culo alzado, perfecto. ‘Te voy a follar hasta que grites’, gruñó. La penetró de un empujón, polla desapareciendo en ese coñito apretado. Ella: ‘¡Ay, dios, qué gorda! Más fuerte…’. Él la taladraba, lento al principio, piel chocando, sudor brillando. Aceleró, piano-forte, sus caderas un pistón. Lucía gritaba: ‘¡Me corro, joder, no pares!’. Tetas balanceándose, cara de éxtasis, coño tragando todo.
Se corrió ella primero, temblando, chorros salpicando. Él siguió, cambiando a misionero en la bañera. Agua caliente cayendo, él chupándole el clítoris mientras la follaba. ‘Tu culo… quiero tu culo’, jadeó. Ella dudó: ‘No aquí, amor… en casa’. Pero él insistió, le metió un dedo en el ojete. Ella gimió más fuerte. Yo exploté entonces, primera corrida, jugos por mis muslos, gritando en silencio.
No pararon. Ella se lo mamó de nuevo, profunda, hasta las arcadas. Él se corrió en su boca, semen chorreando por la barbilla. Se besaron, sucios de sexo. Limpieza con caricias, él lamiéndole el culo de nuevo, lengua en el agujero. Yo me corrí otra vez, cuerpo convulso, olor a corrida en mi habitación.
Después, exhaustos, se fueron. Yo me quedé ahí, piernas flojas, sonrisa boba. Sudada, pegajosa, feliz. Esa cinta es mi tesoro, la veo cada noche, masturbándome hasta el amanecer. El recuerdo quema: su piel caliente, gemidos ahogados, olor imaginado a sexo puro. Quiero más… siempre más.