Era una tarde de septiembre, acababa de salir del trabajo y me senté en la terraza de un café con mi marido. Él charlaba por teléfono, ajeno a todo. Yo… observaba a la gente. Especialmente a un tío joven, solo, con ojos que devoraban. Nuestras miradas se cruzaron. Dios, qué intensidad. Su mirada me perforaba, bajaba a mis piernas, a mis tetas. Sentí un calor subir por mi coño. Cruzaba y descruzaba las piernas, el roce de mis muslos me ponía cachonda. Él no apartaba la vista. Mi marido… ni se enteraba.
Sonreí, le guiñé un ojo. Me levanté despacio, mi falda corta negra subiendo un poco, mostrando mis muslos. Caminé hacia el interior del café, sintiendo su mirada en mi culo. Se balanceaba con cada paso, como invitándole. No aguantaba más. Me giré: ‘Ven conmigo, quiero salir de aquí’. Su cara… sorpresa, deseo puro. Me siguió. Lo tomé de la mano, su piel caliente contra la mía. Olía a hombre, a testosterona. Nos metimos en un portal viejo, subimos un escalón oscuro. Empujé una puerta, una habitación vacía con grafitis porno en las paredes. Una bombilla tenue nos iluminó.
La Chispa que Enciende el Fuego
‘Yo… no sé si…’, murmuré, pero mi cuerpo ya se pegaba al suyo. Su aliento corto en mi cuello, su polla dura contra mi tripa. Me besó el cuello, manos en mi cintura. ‘Quiero… pero mi marido…’, dije, resistiendo un segundo. Luego, todo saltó. Lo empujé contra la pared, mis piernas enredándose en las suyas. Su mano subió mi falda, rasgó el hilo del tanga. ‘Joder, qué coño tan mojado’, gruñó.
Me arrodillé primero, desabroché su pantalón. Su polla saltó, gruesa, venosa, goteando pre-semen. La olí, ese olor fuerte de macho. La lamí desde la base, lengua plana, hasta la cabeza hinchada. Chupé fuerte, succionando, mis labios estirados. Él gemía, ‘¡Sí, puta, así!’. Le metí los huevos en la boca, uno a uno, mordisqueando suave. Me follaba la boca, embistiendo, saliva chorreando por mi barbilla. Pero yo quería más. Me puse de pie, contra la pared, abrí las piernas.
El Frenesí Brutal y el Recuerdo que Quema
‘Chúpame, hazme correrte’, le ordené, voz ronca. Bajó, nariz en mi monte de Venus. Rasgó el collant, apartó el tanga. Mi coño al aire, hinchado, labios mojados, clítoris palpitando. Lamía despacio al principio, lengua en los pliegues, saboreando mis jugos salados. ‘Huele a puta en celo’, murmuró. Metió la lengua dentro, follando mi agujero con ella, chupando fuerte mi clítoris. Mis caderas se movían solas, restregándole la cara. Sudor en su frente, mi culo tenso, ano expuesto. Su dedo entró en mi culo, lubricado con mis fluidos, mientras lamía sin parar. ‘¡Me corro, joder, no pares!’, grité. El orgasmo me sacudió, jugos salpicando su boca, piernas temblando.
Pero no paró. Me dio la vuelta, culo al aire. Lamía mi raja, lengua en el ano, dedo en coño. Otra corrida, gritando su nombre inventado. Luego, su polla contra mi entrada. ‘Fóllame ya’, supliqué. Entró de un golpe, dura, llenándome. Embistió brutal, tetas rebotando, pared crujiendo. Sudor mezclado, olor a sexo puro. Se corrió dentro, caliente, llenándome. Yo… exhausta, feliz.
‘Vuelve pronto’, le dije, ajustándome la ropa. Salí, piernas flojas, coño goteando su leche. Mi marido ni notó nada. Tres días después, volví sola. Lo busqué, pero solo recuerdos. Esa fatiga dulce, el coño aún sensible, el sabor de su polla en mi lengua. Cada noche me masturbo pensando en él, en ese rincón sucio. Quiero más. Mucho más.