Confesión ardiente: Mi noche de juegos prohibidos con Eric y Vicente

Hace una semana de esa primera vez con Vicente, y Eric no paraba de mirarme con esa cara de curiosidad. Yo, calladita, pero hirviendo por dentro. ‘¿Qué tal te sentó lo de Vicente, amor?’, me soltó al fin una noche, con la voz temblorosa. Me reí bajito, sintiendo el calor subir por mi cuello. ‘Tú estabas ahí, ¿no? ¿Qué quieres que te cuente?’. Él se acercó, su aliento caliente en mi oreja. ‘Parecías tan… abierta’. Dios, esa palabra me encendió. Recordaba la lengua de Vicente lamiéndome el culo, esa humedad inesperada entre mis nalgas. ‘Me gustó, sí. Sobre todo cuando me metió la lengua ahí…’. Eric se puso duro al instante. Hablamos del desayuno incómodo, las pollas tiesas bajo la mesa. Y yo, juguetona, le dije: ‘¿Quieres repetir?’. Él dudó, pero yo ya lo veía venir.

Pasaron semanas. Yo no decía nada, pero en la cama, durante el sexo, le susurraba: ‘¿Y si Vicente vuelve?’. Un día, les dije a los niños que se quedaban con la abuela el viernes. Eric me miró extrañado. ‘Vicente llega en el tren de las nueve’, le solté como quien no quiere la cosa. Se le iluminaron los ojos. Llamé a Vicente por email, él respondió en segundos: ‘Cuando quieras, Sofía’. El viernes, llegó con flores y champán. Yo con mi blusa crema, semi-transparente, falda larga. Notaba sus ojos en mis tetas, en mi culo cuando me levantaba. Cenamos, charlamos de tonterías, pero la tensión crecía. El aire estaba cargado, olía a deseo reprimido.

La chispa que enciende todo

‘¿Esa blusa es transparente para Vicente?’, bromeó Eric. ‘¿Lo es, Vicente?’, pregunté yo, contoneándome. ‘Un poco…’, murmuró él, rojo. ‘Dime qué ves’. ‘Un sujetador blanco’. Reí, y propuse un juego. Uno, con gages. Perdías 50 puntos, un castigo. Al principio, tonterías: recoger la mesa. Pero pronto, Eric y Vicente acumularon puntos. Yo les di el gage: ‘Quitaos los pantalones y los calzoncillos’. Se miraron, atónitos. ‘Eh… ¿en serio?’, balbuceó Vicente. Se los bajaron. Sus pollas semi-duras, a la altura de mi cara. La mía palpitaba ya.

La tensión era insoportable. Sus vergas tiesas, el salón iluminado, sin esconder nada. Perdieron otra ronda. ‘Ahora soy yo quien manda’, dije. Les hice levantarse. Vicente detrás de Eric. Tomé la mano de Vicente y la puse en la polla de mi marido. ‘Mastúrbale delante de mí’. Silencio. ‘¡Un gage es un gage!’, insistí. Vicente empezó, torpe, la piel caliente, el prepucio deslizándose. Eric gemía bajito, yo abrí mi blusa, tetas al aire. ‘¿Te gusta, amor?’. La razón se fue al carajo.

El clímax sin frenos

Vicente perdió otra vez. ‘Quítame la blusa y lame mis tetas’, le ordené. Se abalanzó, lengua en mis pezones duros, chupando fuerte. Sus manos amasaban, pellizcaban. Eric apagó la luz, pero yo: ‘¡No, déjala encendida! Quiero ver’. Vicente me besó salvaje, lengua invadiendo mi boca, saliva mezclada. Subió mi falda, frotó mi coño por encima de las bragas. Húmedo, olía a sexo. Metió dedos bajo el elástico, resbaladizos. Me las quité, falda voló. Dos dedos en mi coño chorreante, luego tres. Chapoteo obsceno, jugos por sus nudillos. ‘Lame tus dedos’, le dije, saboreando mi propio olor almizclado. Él los untó en mis tetas, lamí, volví a chupar.

Mi coño abierto, palpitante. Él aceleró, yo me toqué las tetas, gemí: ‘Más fuerte, Vicente, fóllame con los dedos’. Levanté el culo, él hondo, rozando el punto G. ‘¡Lame mis tetas, chupa!’. Gritos, sudor, piel pegajosa. ‘¡Me corro, joder, me corro!’. Explosión, cuerpo rígido, chorros calientes. Ondas de placer, piernas temblando.

Caí jadeante, Eric me besó, su lengua salada. ‘No me odies, amor… es que… uf, demasiado bueno’. Vicente sonrió, polla dura como piedra. Agotada, feliz, el coño aún latiendo. Recuerdo el olor a sexo, el calor de sus cuerpos. Mañana más, pero esa noche… inolvidable.

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