Estaba herida, joder, con un corte profundo en el torso que ardía como el infierno. Me había colado por el Col del Útero, ese paso maldito que separa nuestro imperio de la Phallussie, esos cabrones que se resisten a extinguirse. Perdida en el bosque, sudorosa, con el corazón latiendo fuerte… entonces lo vi. Un tío mayor, cuarentón, con delantal sucio de cocina. Recogía setas, el muy tonto. Me miró con ojos como platos, no como enemigo, sino como un hombre hambriento de hembra. Hacía años que no veía una polla de verdad, solo mutilaciones y parthenogénesis de mierda.
—Hola… ¿estás bien? —murmuró, acercándose despacio. Su voz ronca, el aliento corto. Yo, recostada contra un árbol, con la piel ardiendo de fiebre y algo más. Su olor a hombre, a sudor rancio mezclado con tierra húmeda, me golpeó directo al coño. Intenté huir, pero tropecé. Él se agachó, me tocó la frente con manos callosas, calientes. Me limpió el sudor con su paño, me dio agua de su cantimplora. Sus dedos rozaron mi piel, y pum, la chispa. Mi pezón se endureció bajo la camisa rota. Él tragó saliva, ojos fijos en mis tetas.
La chispa que enciende el fuego
—No te haré daño… pero joder, eres la primera mujer que veo en… —balbuceó, voz temblorosa. Yo lo miré, su paquete abultado en los pantalones. La tensión crecía, insoportable. Mi clítoris palpitaba, húmeda ya. Él me ayudó a sentarme, su mano rozó mi muslo. Ay, Dios… el roce eléctrico. Respirábamos agitados, el aire denso con olor a sexo inminente. —No deberíamos… eres del otro lado —dijo, pero su polla ya presionaba contra la tela. Yo gemí bajito, la razón se iba a la mierda. Lo agarré del cuello, lo besé con furia, lengua dentro, saboreando su boca salada.
El clímax sin frenos y el dulce agotamiento
La razón saltó por la ventana. Lo tumbé sobre las hojas húmedas, le arranqué los pantalones. Su polla saltó libre, gorda, venosa, con la cabeza morada de deseo. Olía a macho puro, a pre-semen. —Fóllame ya, cabrón —gruñí, montándome encima. Su verga entró en mi coño chorreante de un empujón, ¡ahhh! Tan llena, estirándome las paredes. Él jadeaba: —Joder… qué apretada… hace años que no… —Empujaba desde abajo, brutal, sus pelotas chocando contra mi culo. Yo rebotaba, tetas saltando, sudor goteando entre nosotros. Cambiamos: él encima, me abrió las piernas como a una puta, me taladraba el coño con golpes secos. —¡Más fuerte! ¡Rompe mi chochito! —grité, uñas en su espalda. Sudor, saliva, el slap-slap de carne contra carne. Me lamió las tetas, mordió pezones, luego me dio la vuelta. —Ahora el culo… ¿puedo? —susurró, excitado. Escupió en mi ojete, empujó su polla gruesa. Dolor-placer, ¡coño! Me follaba el ano sin piedad, profundo, sus manos apretando mis caderas. Gemía como animal: —Tu culo es mío… tan caliente… —Yo me frotaba el clítoris, corrí gritando, chorros calientes salpicando. Él rugió, eyaculó dentro, semen caliente llenándome el recto, desbordando.
Caímos exhaustos, jadeando. Su peso sobre mí, piel pegajosa, olor a sexo denso en el aire. Me besó el cuello, suave ahora. —Ha sido… increíble —murmuró, acariciando mi herida. Yo sonreí, piernas temblando, coño y culo palpitantes, llenos de su leche. Fatiga feliz, el cuerpo pesado pero saciado. Lo miré: ojos tiernos, no enemigo. —Vuelve al campamento, no diré nada —le dije, pero en mi mente, el recuerdo quema: su polla dura, mis gemidos, el clímax brutal. Aún siento el eco de su corrida en mí. Joder, qué polvo. Si muero mañana, valió la pena.