Confesión ardiente: el mozo y mi coño en llamas en la posada

¡Dios, aún me tiemblan las piernas al recordarlo! Viajaba en diligencia desde las afueras de París hacia la casa de mis primas en el campo. Tenía 19 años, pelirroja con pecas everywhere, y el viaje me ponía cachonda. El traqueteo me hacía sentir libre, oliendo a hierba caliente del sol. Paramos en una posada en Artenay para la noche. Cené trucha y espárragos, bebí vino fuerte que me calentó la sangre. Subí a mi habitación, cansada pero… excitada.

Me desnudé despacio frente al espejo. Mis tetas firmes, rosadas, saltaban libres. Mi coño pelirrojo, con ese triángulo que apunta directo al clítoris hinchado. Me miré las nalgas redondas, pensando en el cochero que me había espiado antes. Mi mano bajó sola… dedos resbalando en mi humedad. Olía a sexo, a mí misma, ese aroma dulce y salado. Empecé a frotarme el botón, jadeando bajito. ¡Mmm, qué rico!

La chispa que enciende el infierno

¡Crac! Un ruido en la pared. Me cubrí con la sábana, corazón latiendo fuerte. Miré por la rendija… ¡el mozo! Un chaval guapo, caído de culo en un armario. Le hice un gesto: vuelve a mirar, cabrón. Volvió, ojos como platos. Sentí un cosquilleo brutal en el coño. ¿Por qué no? Dejé caer la sábana, pose de gata. Me tumbé en la cama, piernas abiertas hacia él. Le mostré todo: mi raja mojada, labios hinchados. Me toqué despacio, chupé mis dedos y los metí dentro. ¡Ahh! Gemí suave, el placer subiendo como lava. Él jadeaba al otro lado.

Toc, toc. Me acerqué. Otro toc. Puse una toalla en la rendija, apagué la luz. Pero ruidos… ¡el muy listo intentaba sacar una tabla! Tres golpes. Enciendo: ¡su cabeza asoma por el agujero, a la altura de mi coño! Sonrisa de niño pillado. Le lancé un cojín. ¡Pum! Se mueve, se atasca el cuello. ‘¡Cállate, idiota! No te muevas’, susurré, temblando de miedo y risa. Lo liberé con cuidado, desnuda, manos en caderas. Su cabeza desaparece… y reaparece con una polla tiesa, gorda, brillante. ¡Primera vez vi una de verdad! Venosa, con huevos rosados colgando. Me reí, pero mi coño palpitaba.

Explosión de placer crudo

Pasitos míos acercándome. Su polla tensa, esperando. La agarro: caliente, dura como hierro. La meneo suave, piel suave sobre vena. ‘¿Quieres más?’, murmuro. Soplo en el capullo, huelo a macho sudado. Labios rozan, saboreo: salado, musgoso. ¡Me encanta! La chupo, lengua girando, succionando fuerte. Él gime: ‘¡Señorita… ay!’ Boca llena, saliva chorreando. Lo mamo como puta, garganta apretando. Su respiración cortita, caderas empujando contra la madera.

Suelto, instinto puro. Me giro, pego el culo al agujero. Mi coño virgen roza su punta. ¡Joder, qué calor! Froto la polla por mis labios, arriba abajo. En el clítoris… ¡electricidad! La meto un poquito, solo la cabeza, y saco. Mojada total, mis jugos chorrean. ‘¡Fóllame así!’, gimo. Él gruñe: ‘¡No aguanto!’ Va-et-vient salvaje contra mi raja, nalgas temblando. Mi botón ardiendo, coño chupando aire. ¡Explota! Chorros calientes de leche blanca en mi entrada, goteando por muslos. Contrasta con mi coño rosado, pegajoso, oliendo a semen fresco.

Me aparto, piernas flojas. Pasa la mano por mi coño, pruebo su leche: cremosa, amarga. Vuelvo a cama, piel fresca contra sábanas. Olía a lavanda mezclada con polla y coño. Dormí como angelito, soñando con más. Al amanecer, sin desayuno, al carruaje. ‘¡Señorita!’, el portero con una cesta: vainillas y nota: ‘Siempre a su servicio’. Sonreí, calor en el vientre. Ese recuerdo me moja aún hoy.

Leave a Comment