Ay, chicas, aún me tiemblan las piernas recordándolo. Soy de España, pero llevo años en este pueblo perdido de la Drôme, regentando mi posada hippie, El Matricariat. Todo vibes de los 60, jukebox con canciones antiguas, incienso flotando… Ese día, con las manifestaciones jodiendo los mercadillos, llega él. Un tipo curtido, de viaje por brocantes entre Lyon y Toulouse. Entra, pide habitación. Lo miro desde el fondo, con mis cartas blancas sobre la mesa. ‘Quédate’, le digo. ‘La Francia está de mierda, quédate conmigo’.
Pongo ‘Days of Pearly Spencer’ en el jukebox. Las luces lo iluminan todo. Me pongo a bailar, lento, las caderas ondulando, pezones duros bajo la falda larga. Él se queda quieto, fascinado. Huelo su deseo, ese sudor masculino. Me acerco bailando, lo abrazo. Nuestros cuerpos pegan, su polla ya semi-dura contra mi vientre. ‘Cien euros la noche’, le susurro al oído, mordiéndole la oreja. ‘Ocho si me acaricias el cuello… Cincuenta si chupas mis tetas… Diez si te pajillas conmigo’. Se ríe, nervioso. ‘¿Y el precio final?’, pregunta. ‘Veremos al amanecer’.
La chispa inicial y la tensión que estalla
La tensión sube como lava. Subimos a mi habitación Woodstock: tienda con cojines, micros ocultos, altavoces listos. Es para mi órgano-orgásmico, samples de placeres grabados. Él se desnuda, polla tiesa. Yo me quito la falda, tetas pesadas balanceándose, coño ya húmedo con vello salvaje. Me siento entre sus piernas, espalda contra su pecho. Su aliento caliente en mi nuca. ‘Empieza’, gimo.
Sus manos en mi cuello, uñas rascando mi undercut. Muerdo labio. ‘Más…’. Su verga roza mi espalda, caliente, palpitante. Le guío las manos a mis tetas. ‘Chúpalas’. Se inclina, lengua en mis pezones rosados. Lamidas suaves primero, luego succión gulosa. Gimo fuerte, ‘¡Sí, joder, así!’. Mis pezones se hinchan, rojos, sensibles. Le beso, lengua hurgando su boca, saboreando su saliva.
El clímax brutal y el éxtasis compartido
Bajo su cabeza a mi coño. ‘Lámeme, cabrón’. Su lengua abre mis labios, chupa mi clítoris hinchado. Huele a sexo puro, mi jugo espeso en su barbilla. Me corro un poco, temblando. Agarro su polla gorda, la pajeo dura. ‘Ahora tú’, digo. Nos masturbamos mutuo, gemidos grabándose. Su prepucio sube-baja, glande morado brillando. Roza mi nuca con la punta, caliente.
¡La razón salta! Me corro gritando, coño chorreando. Él eyacula jatos calientes en mi hombro, olor a macho en celo, semen cremoso goteando. Gemidos guturales, ‘¡Aaaah, puta madre!’. Cuerpos pegados, sudor mezclándose.
Después, calma dulce. Nos tumbamos en cojines, su cabeza en mis tetas. ‘Ha sido… increíble’, murmura. Yo río bajito, oliendo su semen seco en mi piel. ‘Mañana más, ¿príncipe?’. Durmimos abrazados, corazón latiendo fuerte. Al día siguiente, supe que volvería. Ese orgasmo grabado… lo pinché en mi órgano, y sonó como un himno al placer. Aún me mojo recordándolo, chicas. ¿Quién se apunta a la siguiente?