Confesión: La verga gigante de Mario que me destrozó de placer

Dios, no sé por dónde empezar. Acababa de escapar del yate de mi tío Ernesto en Belizera, con Jennifer, mi amiga inseparable. Nuestras pieles quemadas por el sol, los cuerpos marcados por meses de infierno. Llegamos al Salvera, desnudas, robamos ropa de los muertos del barco. Hambrientas, exhaustas, encontramos una cabaña. Un viejo nos dio comida a cambio de quedarnos en pelotas. No nos importaba, ya nada nos avergonzaba.

Pero el viejo no nos tocó. Dormíamos juntas, Jennifer y yo, piel contra piel, sudadas, oliendo a sal y miedo. Al día siguiente, robamos su ropa y bajamos a la ciudad. Un tipo nos pasó una tarjeta de un bar. ‘Bailad, hay pasta’. Fuimos. El dueño: string y a mover el culo en la barra. Mario, el portero negro enorme, nos vigilaba desde las sombras.

La chispa que encendió el fuego

Noches locas. Billetes en los strings, manos groping tetas y culos. Ganamos fortuna. Mario nos dejó dormir arriba, nos escoltó al banco. Nunca pidió nada. ‘Tengo novia’, decía. Pero lo oía jadear cuando follábamos con clientes. Su mirada… uf, pesada, caliente. Una noche, después de contar la pasta, Jennifer me dijo: ‘Mario no folla nunca. Ofrendémosle.’ Dudé. ‘Es enorme, Jess. Pero nos salvó.’

Al día siguiente, sin barcos, calma. ‘Mario, ven arriba’, le dijimos. ‘¿Qué pasa, chicas?’ Su voz grave, como trueno. ‘Sabemos que nos oyes correrte. No pagues, fóllanos gratis.’ Se rio. ‘¿Seguras? Cuando empiezo… no paro. Y mi polla… es grande.’ Jennifer tragó saliva. ‘Muéstrala.’ Se quitó la camisa: músculos como rocas, dos metros de puro macho. Bajó los pantalones. ¡Joder! Su verga colgaba como brazo de niño, gorda, venosa, cabeza morada enorme. ‘¡Coño!’, exclamé. Jennifer: ‘¡Madre mía!’

La tensión crecía. Mi coño chorreaba solo de verla. ‘Chicas, si os arrepentís…’ ‘No’, dije. ‘Fóllame, Mario. Necesito olvidar.’ Él nos miró, ojos en llamas. La polla se endureció, ¡gigante! 30 cm fáciles, gruesa como muñeca. El corazón me latía fuerte, el aire espeso de deseo. Jennifer temblaba. ‘Yo primero’, mentí. No aguantaba más. La razón se fue. Solo quería esa bestia dentro.

El clímax brutal y el éxtasis

Mario se tumbó. Sus manos enormes en mis tetas, pellizcando pezones duros. ‘Qué tetas ricas, Jessica.’ Gemí. Bajé, besé su pecho sudoroso, olor a macho puro. Agarré la verga: no cerraba la mano. La lamí, lengua en venas palpitantes. ‘¡Joder, qué salada!’ Jennifer se unió, chupando huevos pesados. Él gruñó: ‘Sí, putitas…’ La metí en boca, apenas la cabeza. Baboseaba, garganta abierta. Él me follaba la boca suave, pero firme.

No aguanté. ‘Mario, métemela ya.’ Me subí, coño abierto, jugos cayendo en su punta. Empujé. ¡Dolor! Ardía, estiraba mis paredes. ‘¡Para!’, jadeé. Pero no. Bajé más, 10 cm dentro. ‘¡Hostia, me parte!’ Él: ‘Despacio, nena.’ Jennifer lamía mi clítoris, dedos en mi culo. Placer y dolor se mezclaban. Sudor goteaba, su piel caliente como fuego. Bajé más, golpeaba el fondo. ‘¡Me llena toda!’ Empecé a cabalgar, tetas botando. Él embestía arriba, salvaje. ‘¡Fóllame fuerte!’ Gritaba. Orgasmo brutal: coño convulsionando, chorros en su polla.

No paró. Me puso a cuatro, polla resbalando en mi coño chorreante. ‘¡Ahora el culo!’ Dudé. ‘Sí, métela.’ Lubriqué con mi leche, entró lenta. ¡Ardía! ‘¡Me rompes!’ Pero placer loco. Jennifer debajo, lamiendo donde entraba. Él bombardeaba, huevos golpeando. Otro orgasmo, piernas temblando. ‘¡Me corro!’ Su leche explotó dentro, caliente, llenándome. Colapsé, exhausta, feliz. Jennifer la probó después, gritando igual.

Ahora, recordándolo, mi coño palpita. Cansancio dulce, cuerpo dolorido pero vivo. Mario nos abrazó: ‘Sois increíbles.’ Dormimos pegados, su verga aún semi-dura contra mí. Olía a sexo, sudor, victoria. Aquella noche, el deseo venció al trauma. Aún sueño con esa polla monstruosa partiéndome de placer.

Leave a Comment