Aquí en la Pensión del Gorrión Alegre, en Sensonnens, llevo unos meses instalada. Tengo 82 años, pero mi cuerpo aún late con ganas. Soy española, de esas que no se cortan con el sexo. El manitas, un tipo de 60, fornido, con esa mirada pícara… Ay, desde el primer día me chincha. Me pellizca las nalgas cuando la patrona no mira. Yo le devuelvo el juego, rozándole la polla por encima del short. Él se ríe, bajo.
Un día, en el jardín, me agarra la teta. Vieja, floja, pero sensible. No lo aparto. Al contrario, jadeo bajito. ‘¿Te gusta, abuela?’, susurra. ‘Cállate y sigue’, le digo, el corazón a mil. Luego, en el pasillo, se baja el bermuda y me enseña la verga tiesa. Gruesa, venosa, con ese olor a hombre sudado. Me hago la ofendida, pero mis bragas se mojan. La tensión crece. Cada roce, cada mirada, es un fuego que quema.
La chispa que encendió el fuego
Llega el verano, calor asfixiante. Voy a la ducha, dejo la puerta entreabierta. Él entra de sopetón. ‘¿Ducha juntos?’, dice bajándose el short. Su polla salta, dura como piedra. Me escapo muerta de vergüenza, pero el coño me palpita. Corro a mi cuarto, en bragas, tetas al aire. Entra él, se arrodilla y me mama los pechos. Chupa el pezón izquierdo, luego el derecho. Su lengua áspera, saliva caliente… Gimo sin poder evitarlo. ‘Para… o no pares’, balbuceo. Me deja temblando, el cuerpo en llamas.
Al cena, solos. ‘Quiero probar tu melocotón’, dice con voz ronca. ‘¡Sucio! Tengo escapes a veces’, respondo roja. Él pone cara triste: ‘No importa, me da igual’. En el salón, me soba las tetas de nuevo. Grandes, caídas como orejas de sabueso, pero duras bajo sus dedos. Mi cadera se mueve sola, frotando contra su mano. Baja la cremallera, mete los dedos en mi braga. ¡Sorpresa! Mi coño chorrea, resbaladizo, a pesar de la edad. Frota el clítoris, redondo y hinchado. ‘Ven a tu cuarto’, gruñe. ‘Primero ducharme…’, digo. ‘No, así, con tu olor’. Me encanta que le gusten las esencias fuertes. Lo sigo, piernas flojas.
El clímax sin frenos y el dulce agotamiento
En la cama, me quita zapatos, bragas. Hay una mancha húmeda en el slip. Abre mis piernas. Mi coño grisáceo, peludo, empapado, huele a sexo maduro, almizclado. Se lanza. Lengua en las labios mayores, lame el jugo salado. Chupa el clítoris, mete la punta dentro. ‘¡Dios, qué rico!’, gime él. Yo empujo con las caderas, piernas en sus hombros. Frotándome contra su boca barbuda. Vengo una, dos veces, el cuerpo convulsionando, chorros calientes en su cara. Su polla se hincha sola. Se desnuda, me clava esa verga gorda. ¡Follar! Golpes profundos, su vientre contra mi monte. Sus caderas chocan, sudor mezclado. ‘¡Más fuerte, cabrón!’, grito. Él embiste como loco, mi coño lo aprieta. Siento su leche subir, caliente, explosiva. Se corre dentro, chorros potentes que no esperaba a su edad.
Quedamos jadeando, pegados. Le hago una limpieza con la lengua en su polla flácida, pero él revierte: me lame el coño limpio, recovecos incluidos. Otro orgasmo me arrasa, temblores brutales. ‘Cuidado, corazón viejo…’, pienso, riendo por dentro.
Al día siguiente, café en mano, cara pálida. ‘Qué vergüenza, no lo cuentes. Fue un error’. ‘Si gozaste, presume’, le digo. Se relaja, sonríe. Sé que repetiremos. Esa noche, finjo dormir mientras me mete mano. Otra lamida rápida al coño, pero floja. Las pilas se recargan. El recuerdo me quema aún: su aliento corto en mi piel caliente, el olor a sexo crudo, el placer prohibido. Fatiga feliz, sonrisa tonta. Quiero más.