Confesión caliente: Mi pincel me folló hasta correrme como nunca

Ay, chicas… no sé por dónde empezar. Soy Lola, una pintora de Madrid, de esas que viven el arte con todo el cuerpo. Ayer en la escuela, pasé cuatro horas mirando a esa modelo… una mujer de unos cuarenta, curvilínea, con un culo redondo y firme que pedía a gritos ser tocado. Sus tetas, uf, como melones maduros, caídos un poco, con pezones oscuros y grandes. Su pubis peludo, negro y rizado, escondiendo su coño jugoso. Todos dibujaban como locos, pero yo… yo solo absorbía. Grababa cada curva en mi mente, sintiendo un calor que me subía por el vientre.

Llegué a mi taller, me quité la ropa de un tirón. Desnuda, rodillas en el cojín, frente a mi mesa baja. Acaricié el papel de arroz con la palma, suave como piel. Estiré los brazos, crují los hombros… necesitaba soltar tensión. Cogí el pincel gordo, poils largos y sedosos, como una verga gruesa terminando en punta fina. Lo mojé en la tinta, lo perfeccioné frotándolo despacio. Respiré hondo, ojos cerrados, y… zas, tracé las líneas. Ocho trazos fluidos, pleines y déliés, dibujando su espalda, su culo rebosante, la mano en la cabeza, tetas pesadas colgando. Uff… al terminar, exhalé temblando. Mis pezones ya estaban duros, mi piel erizada. El recuerdo de ella me quemaba por dentro.

La chispa que encendió mi fuego interior

No aguantaba más. Sacudí la cabeza, limpié los pinceles, los alineé en la esterilla. Pero el fuego… ay, el fuego subía. Cogí uno nuevo, seco, mango corto y grueso de madera cálida, poils blancos suaves. Lo acerqué a mi teta izquierda, empuñándola por abajo. La punta rozó mi pezón rosado, tieso ya. Pequeños golpecitos… como si pintara. El roce aterciopelado me erizó toda. Dibujé arabesques, apretadas y sueltas. Mi pezón se arrugó, se hinchó, la teta entera se endureció. Respiración agitada, corazón latiendo fuerte. ‘Joder, Lola, contrólate…’, me dije, pero bajé el pincel al surco entre tetas, al ombligo. Círculos suaves, rozando pliegues. Frío y calor al mismo tiempo, ondas hasta mi coño.

Piernas abiertas un poco, muslos desnudos temblando. El pincel frena mi piel interior, nunca aprieta, solo roza. El vello se eriza, piel eléctrica. Subo despacio… mi monte de Venus, pelito negro corto, ya tieso. Toco el labio mayor, vibra. Mi vulva se abre sola, húmeda. La punta besa mi clítoris escondido. ‘Ohhh… sí…’, gimo bajito. Lo acaricio, el capuchón se retrae, sale rosado y hinchado. Toques leves, lo endurezco, palpita. Mi coño chorrea, labios hinchados, olor a sexo fuerte en el aire.

El clímax salvaje y el éxtasis total

Giro el pincel, el mango redondo y caliente contra mi entrada. Empujo suave… se abre, cyprine brota caliente. ‘¡Mierda, qué rico!’, jadeo. Lo meto más, va y viene, girando contra paredes vaginales resbaladizas. Mi otra mano al clítoris, lo froto duro, lo pellizco. Temblores, músculos tensos. ‘¡Voy a correrme… ay, Dios!’. Un rugido sale de mi garganta, el orgasmo me parte. Coño contrayéndose alrededor del mango, chorros de jugo empapando todo. Me quedo quieta, flotando en el placer, cuerpo laxo, sudor frío.

Poco a poco, salgo del trance. Retiro el pincel chorreante, lo uso para limpiar mi coño, labios, muslos. Cada roce, nuevas sacudidas. Recojo mis jugos en la piedra de tinta. Saludo al pincel con las manos juntas, riendo sola. Nueva hoja, pincel grueso en mis fluidos mezclados con tinta. Trazo un tío con polla tiesa, follando a una tía piernas abiertas. Detallo su coño dilatado, listo para él. Una gota de encre en el pubis, luego mi dedo en mi sexo, más jugo para simular pelito. Sello la obra, exhausta. Me estiro, caigo en la cama, piel aún sensible, olor a corrida en las sábanas. Sonrío… mañana mis compis fliparán con esto. Pero el secreto… es mi coño quien lo pintó.

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