Confesión ardiente: mi polvo salvaje en el naturista de Montalivet

¡Dios, acabo de volver de Montalivet y aún me tiemblan las piernas! Soy Lucía, madrileña de 25 años, superabierta al sexo y al naturismo. Llegué en julio al centro más antiguo del suroeste francés, con mi tienda cerca del área comercial. Calor sofocante, olor a pino quemado… Me quité la ropa al instante, solo toalla en mano, y fui a la playa. El sol lamía mi piel desnuda, mis tetas firmes rebotaban libres.

Al volver, vi la mesa de ping-pong. Un tío de unos 40, atlético para su edad, musculoso del trabajo, montaba su furgo al lado. Nu, con la polla colgando semi-dura por el calor. Se llama Pierre, viajante comercial. Me miró las tetas blancas, mis culito redondo contrastando con su bronceado. ‘¿Te apetece una partida?’, dijo sonriendo pícaro. Su compañero, un chaval joven, ya jugaba con él. Pero el chaval se fue a duchar.

La chispa que encendió el fuego

Jugamos. Desnudos total. Cada golpe, mi mano rozaba su piel caliente. La pelota rebotó en mi pubis, en ese triángulo negro de vello. Él jadeó: ‘Perdón… pero qué guapa estás así’. Mi coño empezó a mojar. Sus ojos clavados en mis pezones duros. Sudor perlando su pecho, bajando a su polla que se endurecía. Yo, con el aliento corto, sentía el calor entre mis muslos. ‘Eres un campeón’, le dije, pero quería decir ‘fóllame ya’. Al bar, desnudos en la terraza, diabolo menthe en mano. Hablamos de naturismo, pero la tensión era insoportable. Su rodilla rozaba la mía, su mirada devoraba mis tetas. ‘Tu piel es tan suave…’, murmuró. Mi clítoris palpitaba. No aguantaba más. La razón se fue a la mierda cuando me invitó a su furgo ‘para charlar’.

Leave a Comment