Ay, chicas, aún tiemblo recordándolo. Estábamos en Egipto, en el Serapeo de Saqqara, ese lugar prohibido lleno de magia antigua. Mi nombre es Lola, y viajo con mi amor, Pablo, siempre listos para lo prohibido. Encontramos a Jacques y Béatrice, un pareja francesa destrozada. Ella lloraba desconsolada, él nos confesó: ‘Es estéril, lo sabemos desde hace meses. Médicos en París, todo inútil. La traje aquí para distraerla’. Yo, poseída por un espíritu del pasado, sentí su dolor como mío. Mi vientre fértil ardía, y supe que algo tenía que pasar.
Béatrice sollozaba, yo la abracé fuerte, su espalda contra mis tetas. ‘Shhh, tranquila’, le susurré al oído, mi aliento caliente en su cuello. Mis manos bajaron lentas a sus pechos firmes bajo el vestido fino. La piel… Dios, tan suave, caliente. Ella cerró los ojos, giró la cabeza, y nuestras bocas se encontraron. Su lengua tímida, la mía hambrienta. ‘¿Qué… qué haces?’, balbuceó, pero no se apartó. Nuestros labios chupaban, saliva mezclada, olor a sudor y deseo. Los hombres nos miraban hipnotizados, pollas ya duras bajo los pantalones. La tensión crecía, insoportable. Mi coño palpitaba, húmedo. ‘No pares’, gemí yo, y ella cedió. Caminamos a reculones hasta la piedra de la fertilidad, esa mesa antigua.
La chispa que enciende el fuego
Me quité la ropa rápido, desnuda total, mi piel brillando en la penumbra. Le arranqué el vestido, brazos arriba, sumisa. ¡Joder, qué cuerpo! Pequeña, tetas enormes, naturales, como melones blancos pesados, pezones rosados duros. Pubis rubio espeso, apretaba muslos contra la piedra fría. Jacques se pegó a mi culo, acariciando mis tetas, Pablo a su lado. Yo miré a Béatrice, toqué su mejilla. ‘Déjame’, le dije suave, dedos en sus tetas gigantes. Su piel ardía, pezones erectos. Todos nos tocábamos, un nudo de carne. Ropa voló, luces de linternas bailando sombras como dioses folladores.
‘Levántadme’, ordené, y los tíos formaron una silla con brazos bajo mis nalgas carnosas. Béatrice, pies en la piedra, boca en mi coño depilado. Lamía lento al principio, lengua en labios suaves… ‘Mmm, sabe a miel’, murmuró. Chupó mi clítoris hinchado, dedos vibrando mi vulva, metiendo en el agujero mojado. Yo me movía, vaivén, gemidos ahogados. ‘¡Más profundo, puta!’, grité. Les besaba bocas a ellos, pollas rozando mis tetas. Luego la bajamos, yo en la piedra, pierna alta, coño abierto reluciente de saliva.
Explosión de placer sin límites
Cogieron a Béatrice, muslos abiertos, su coño rubio contra el mío. Nos frotamos salvajes, clítoris chocando, jugos mezclados. Su vientre se hinchó un segundo, el mío se hundió… magia. Sonreímos. Jacques manoseó mi coño, gruñendo. Pablo devoraba tetas de ella. Yo quería su culo… no, Pablo lo tomó. ‘Jacques, agárrate’, dijo, dedos mojados en su raja, ano lubricado. Polla dentro, ¡zas! ‘¡Joder, qué apretado!’, jadeó Pablo, follando su culo profundo. Jacques metía su verga en mi coño, yo gemía: ‘¡Fóllame fuerte!’. Béatrice contra mi espalda, tetas aplastadas, mano en huevos de Pablo.
Giramos, Jacques con Béatrice a caballito sobre su polla. Pablo de rodillas, chupando esa verga dura… ‘¡Dios, qué rica!’, dijo, bolas en mano, nariz en pubis de ella, amasando tetas. Yo tocaba todo, ruidos de succiones, gemidos eco en la cueva. Olía a sexo puro, sudor, corrida pre. Ellas pararon lo homo: ‘Aquí se fecunda sagrado’. Béatrice a cuatro, piernas atrás, coño expuesto. Jacques la penetró lento, yo alumbré. Pablo la enculó a él de nuevo. ‘¡Me corro!’, gritó Pablo, semen en ano. Jacques eyaculó en ella, chorros calientes, creación mágica.
Silencio después, cuerpos exhaustos, felices. Sudor pegajoso, coños goteando, culos abiertos. Nos vestimos riendo bajito. Salimos sigilosos, guardianes gritando ‘¡Mamnoua!’, pero sobornos arreglaron. Afuera, horno de calor, horas pasadas en éxtasis. Taxi a pirámides, recuerdo quemando: tetas pesadas, coños frotados, pollas en culos… Mi vientre late aún. ¿Milagro? No sé, pero follamos como dioses.