Era un viernes al mediodía en la taberna del Capitolio, el bar de mi hermano Kader. Todos celebraban el ascenso de Jojo, ese tipo flaco y majo que llevaba veinte años en el ministerio. La mesa estaba llena: Jacky el cantante corso, Nanard el follador del Gard, Janot el fumador bretón, Red Nose con su nariz roja de whisky, Patrick el auvernés serio y Alban el jefe. Las chicas también: Thérèse la fea ambiciosa, Claudine la tetona en tacones, Janine la puta de Nanard y Nathalie, la ex de Jojo. Reían, bebían, el aire olía a cerveza y fritanga.
Yo, Myriam, había venido a ayudar como cada viernes, con el couscous que atrae a la peña. Llevaba un jersey ceñido, sin sujetador, mis tetas perfectas moviéndose libres, jeans ajustados marcando mi culo redondo y piernas largas. Pelo negro rizado hasta la cintura, ojos de fuego. De repente, lo vi. Solo en una mesa, joven, ingeniero guapo, unos treinta, mirada intensa. Nuestros ojos se cruzaron. Bum. Mi coño se mojó al instante. Su piel bronceada, sonrisa tímida. Le serví el menú, mi mano rozó la suya. Calor. ‘Gracias, guapa’, murmuró. Mi corazón latía fuerte.
La chispa inicial y la tensión que me quemaba
Desde ese día, todos los viernes iba. Él volvía por el couscous, pero yo sabía que era por mí. Miradas largas, sonrisas. Hablábamos poco: ‘¿Cómo va el día?’, ‘Bien, y tú… preciosa’. Su voz grave me erizaba la piel. Una vez, al pasarle el plato, su rodilla tocó mi muslo. Electricidad. Mi clítoris palpitaba. Noches soñando con su polla dura entrando en mí. Nadia, mi cuñada, embarazada, me dejaba más turnos. Él comía despacio, devorándome con los ojos. La tensión crecía. Un viernes, al final del servicio, me esperó fuera. ‘Myriam, no aguanto más. Eres… joder, una diosa’. Mi novio no vino esa noche. Dudé. ‘Yo… tengo pareja, pero… ay, ven’. La razón saltó por la ventana. Lo arrastré a la trastienda.
Cerré la puerta. Nos besamos como animales. Sus labios calientes, lengua invadiendo mi boca, sabor a vino. Manos por todas partes. Me arrancó el jersey, mis tetas saltaron libres. ‘Dios, qué pezonazos duros’, gruñó chupándolos. Mordisqueaba, lamía, yo gemía bajito. ‘Shh, no despiertes a nadie’. Bajé su cremallera. Su polla… enorme, venosa, goteando precum. ‘Mira esta verga, para ti’. La tragué entera, garganta profunda, saliva chorreando. Él jadeaba: ‘Joder, Myriam, chupas como una puta’. Le comí los huevos, lamí el culo. No paré hasta que casi se corre.
El polvo brutal y el éxtasis sin límites
Me puse contra la mesa, bajé los jeans. Coño empapado, labios hinchados. ‘Fóllame ya, por favor’. Me embistió de un golpe. ‘¡Ahhh! Qué prieta estás’. Polla gruesa abriéndome, rozando el punto G. Golpes secos, brutales. Piel contra piel, sudor mezclado, olor a sexo fuerte. ‘Más duro, rómpeme el coño’. Me agarraba las caderas, nalgueaba. Cambiamos: yo encima, cabalgando, tetas rebotando. ‘Mírame, cabrón, córrete dentro’. Él gemía: ‘Me vengo… ¡ahora!’. Chorros calientes llenándome, mi orgasmo explotando, piernas temblando, squirtando en su polla.
Caímos exhaustos en el suelo frío. Sudor pegajoso, respiraciones cortas. Su cabeza en mis tetas, besos suaves. ‘Ha sido… increíble’, susurró. Yo sonreí, coño palpitando aún con su semen goteando. ‘No lo olvidaré nunca’. Se fue antes de que llegara mi novio. Ahora, cada vez que huelo couscous, mi cuerpo arde. Ese polvo salvaje, su polla en mi boca y coño, el riesgo… puro fuego. Quiero más.