Uf, aún me tiemblan las piernas al recordarlo. Fue un domingo de finales de los 90, yo con mis cincuenta tacos bien llevados, en París cerca de la plaza de la Madeleine. Pasé por ese dancing de té dansant y vi a mis congéneres: tías como yo, quinquenarias calientes, con tacones de vértigo, medias negras, vestidos cortos que gritaban ‘fóllame’. Pelo teñido, uñas largas, joyas everywhere, olor a perfume barato y a coño ansioso. Pensé: ‘Hostia, esto es mi sitio’. Ellas esperaban la apertura, putas disfrazadas de señoras. Los tíos, mafiosillos gordos y rojos. Fácil, ¿no?
La semana siguiente, me planté allí. Vestido negro ceñido, mis tetas como melones apretados, medias con liga, stilettos negros brillantes, cadena en el tobillo, anillos por todos lados. Cigarro fino en la mano, labial rojo sangre. Bajé las escaleras, música tango-retro, penumbra. Ojos me comían. Me excita ser la puta burguesa en celo. Pedí una copa de champán en la barra, escaneé el panorama. Primero, un morenito con botas, pero traía novio. Mal rollo. Luego, disco, me lancé a la pista. Me moví como una diosa, culo al aire, tetas botando. Quería calentarlos.
La chispa que enciende el fuego
Y entonces lo vi. Treinta años, traje negro, pinta de gigoló joven. Alto, moreno, mirada hambrienta. Nuestros ojos chocaron. Me senté a su lado, crucé piernas rozándole el muslo. ‘Qué perfume tan enloquecedor’, me soltó. Sonreí, ‘Tú no estás mal, guapo’. Champán para los dos. Mi mano en su hombro, la suya bajando por mi espalda. Ay, cómo me ponía. Empezó a empalmarse, lo noté en el pantalón. DJ pone slow. ‘¿Bailamos?’, susurré. En la pista, tacones de 15 cm, me pegué a él. Su polla dura contra mi vientre. Manos en mis caderas, bajan a mi culo, tocan la liga. ‘Te gusta, ¿eh?’, le mordí la oreja. Se me coló la lengua por el cuello, fríos por todo el cuerpo. Sus tetas aplastadas contra él, beso húmedo.
Volvimos a un rincón oscuro. Le abrí las piernas, acaricié sus medias de seda. ‘Son de puta calidad’, gemí. Dedos en la lisière, subiendo al coño húmedo. Ella masajeaba mi paquete, lengua en labios. ‘Quiero tu polla’, le dije bajito. Horas volando, alcohol y deseo. Hora de irnos. Saqué el ticket del zapato, él me masajeó el pie negro, ojos cerrados de placer. Beso en la puerta, lenguas salvajes, manos en culos.
Explosión de placer sin frenos
Coche cerca, en callejuela. Abrí la puerta como una dama, falda arriba mostrando braga. Dentro, besos feroces. Mano en su bragueta. ‘Quiero chupártela ahora’. Bajé la cremallera, saqué esa verga gruesa, venosa, goteando pre-semen. Olía a macho puro. Boca abierta, lengua en el glande, lamida lenta. ‘Joder, qué rica’, gruñó. Saliva chorreando, succiones ruidosas, slurp slurp. Cabeza arriba-abajo, garganta profunda. ‘¡Cógeme la cabeza!’, jadeé. Él empujaba, follándome la boca. Polla hinchada, bolas apretadas. ‘Me corro…’, avisó. Chorros calientes en mi lengua, tragué todo, leche espesa bajando garganta. Labios pringados, le miré: ‘¿Vienes a casa para un último trago? Te follaré hasta el amanecer’.
Llegamos a mi piso, puerta apenas cerrada, le arranqué la ropa. En el sofá, coño chorreando, le monté. Polla entrando a saco, tetas en su cara. ‘¡Fóllame duro!’, grité. Ritmo brutal, sudor mezclado, olor a sexo denso. Orgasmo tras orgasmo, él eyaculando dentro, caliente. Caímos exhaustos, piel pegajosa, alientos cortos. Fatiga dulce, sonrisa boba. Aún siento esa polla palpitando en mí. Qué noche, cabrones.